Durante casi diez días estuvo en un estado de semiinconsciencia. Finalmente, una tarde, pudo mantenerse despierto, dándose cuenta que realmente estaba vivo. Su primer pensamiento fue de agradecimiento a Dios por haberle permitido vivir. Luego, comenzó a observar todo lo que le rodeaba.
Vio que se encontraba tumbado en una hamaca, dentro de una construcción hecha con troncos de árbol y cubierta por hojas secas trenzadas. Al mirar, observó que aquella estructura carecía de paredes, pudiendo ver el campamento, donde trajinaban distintas personas.
Intentó incorporarse pero, la mano atenta de un hombre, se lo impidió. Hablando un extraño lenguaje, y ayudado por los gestos, le mantuvo tumbado. El grupo entero se fue congregando en torno al sacerdote. Eran hombres y mujeres con caras sonrientes, niños que estiraban la mano para tocarle y luego hablaban y reían entre ellos.
Los días se fueron convirtiendo en semanas y, con el paso del tiempo, fue recuperando sus fuerzas. Cuando comenzó a dar pequeños paseos por el campamento, pudo observar que aquel grupo de indios estaba formado por apenas treinta personas, contando una docena de niños.
Eran aquellas gentes un grupo realmente peculiar. Aún cuando el idioma era un auténtico problema para comunicarse, todos se esforzaban en hacerse entender por el extranjero. Sus paseos, y la observación de su quehacer diario, le iba permitiendo forjarse una idea de la organización social de aquel grupo.
Los trabajos se realizaban entre todos. Tanto hombres como mujeres participaban en las actividades cotidianas. Asombrado, observó que las mujeres se integraban perfectamente en las pequeñas partidas de caza, siendo consideradas como iguales por el resto del grupo.
Todas las ideas preconcebidas que llevaba antes de internarse en la selva, se le vinieron abajo. En los meses previos a la expedición, había estado estudiando distintos trabajos de antropólogos que habían convivido con los indios. Todos hacían referencia a la división de trabajos por sexo, a la existencia de una escala social, donde aparecía la figura del jefe del grupo, el chamán o hechicero que se ocupaba del plano espiritual, y los cazadores. También, los antropólogos, describían el papel de la mujer como la encargada de criar y cuidar de los hijos, la que se ocupaba de hacer la comida, recolectar frutos y tubérculos y mantener el cuidado del campamento.
Según se deducía por aquellas lecturas, la vida de aquellas gentes era dura. Enfrentados a una naturaleza extrema y luchando por la supervivencia. Sin saber si encontrarían alimento al día siguiente, arriesgándose a encontrarse con alguna de los cientos de alimañas que poblaban aquella selva.
Pero todo esto no tenía sentido con lo que estaba viviendo. Aquel grupo no tenía un jefe; o no lo tenía o él no había logrado identificarlo. Las decisiones se tomaban entre todos y, además, siempre de una forma cordial, incluso alegre. Tampoco veía ningún simbolismo religioso. No había presenciado ninguna ceremonia que le llevara a deducir cuales eran sus creencias. Incluso, el grave problema de la supervivencia, no parecía tal. El grupo se dividía poco de después de amanecer y, antes que el sol estuviera en su cenit, ya estaban todos de vuelta. Unos portaban grandes pescados, otros, si la suerte les sonreía, traían algún armadillo o tapir. Incluso los niños aportaban su parte al mantenimiento del grupo, con frutos o huevos que habían recogido de los árboles. Después de comer, siempre todo el grupo junto, se tumbaban en sus hamacas. Unos dormitaban hasta la media tarde, otros se entretenían charlando. Incluso algunas parejas se entretenían haciendo el amor sin ningún pudor. Estas actividades escandalizaban al sacerdote, por lo que aprovechaba para dar un paseo por los alrededores.
Siempre que iniciaba uno de esos paseos, la chiquillería le acompañaba. Al principio se mostraba huraño y espantaba a los niños con gestos y gritos. Ellos entendían su comportamiento como un extraño juego y le respondían divertidos, imitándole en gestos y gritos. Finalmente, debía ceder y continuar su paseo acompañado de los niños. Poco a poco, con la ayuda de los pequeños, fue comprendiendo la lengua de aquel pueblo. Primero fueron palabras sueltas, y más tarde frases completas.
Con esta nueva habilidad, su estancia en el poblado mejoró bastante. Por fin podía comunicarse. Ahora había llegado el momento de transmitir la palabra de Dios a aquellas gentes.
Todas las noches, después de cenar, se reunían todos en torno al fuego. Allí, uno de ellos comenzaba a contar una historia, que era seguida con atención por el resto del grupo. Unas veces, el narrador, lograba que todos estallaran en carcajadas. Otras, la emoción y el asombro iluminaba sus caras. Cuando la historia terminaba, dedicaban un buen rato a comentarla, hasta que finalmente todos se retiraban a sus hamacas y dormían placidamente.
El cura vio en esas reuniones nocturnas la oportunidad para dar a conocer la palabra divina. Mil y una veces repasó durante el día la historia que iba a narrar. Tenía que traducir mentalmente las palabras y, en ocasiones, no encontraba los términos apropiados. En esos casos buscaba similitudes que pudieran expresar lo que deseaba.
Aquella noche solicitó ocupar el lugar del narrador. Los indios se mostraron ilusionados por escuchar la historia que les iba a contar aquel extranjero. Había llegado su momento. Así debían sentirse los grandes misioneros que extendían en cristianismo entre los paganos.
Comenzó hablando de la creación del mundo. Les habló de los grandes milagros, como Dios creó el mundo en seis días. Estuvo hablándoles del Paraíso. Del primer pecado. Les habló del cielo y del infierno. De la condenación eterna para los que siguen falsas religiones y adoran a falsos dioses. Les habló de Jesucristo, de su sacrificio en la cruz.
La narración se fue extendiendo durante gran parte de la noche. El sacerdote observaba al auditorio en absoluto silencio, atento a todas sus palabras. Cuando terminó se acercaron a él lentamente. Todo el grupo le rodeaba. Algunas mujeres le acariciaron el rostro con gesto triste. Los niños se agarraban a sus piernas y le miraban pesarosos mientras gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.
Con suavidad le llevaron hasta la mejor hamaca. Una vez allí, le ofrecieron sus mejores manjares, mientras que las mujeres más hermosas le explicaban que podría tomarlas esa noche. El cura no entendía que estaba sucediendo, no podía explicarse el comportamiento de aquella gente. Entonces, un hombre se adelantó hasta el lugar donde se narraban las historias y comenzó a hablar:
"Todos habéis escuchado la historia del forastero. Una historia llena de tristeza y sufrimiento. Una historia que habla de un dios extraño que castiga y condena. Ahora, y en honor de nuestro huésped voy a contar nuestra historia.
En un lugar de la selva profunda, no sabemos si lejos o cerca, vive EL SOÑADOR. El soñador es un hombre feliz. Un hombre que está contento de estar vivo. Disfruta de la vida y de la naturaleza que le rodea, por eso, cada noche, cuando se acuesta, con el corazón alegre y satisfecho con el día que acaba, se duerme en un sueño profundo. De su sueño nacemos nosotros, felices, contentos, alegres, llenos de vida. Sabemos que ahora, cuando estamos aquí reunidos, no somos más que el sueño de nuestro soñador, pero somos un sueño feliz. Vivimos en un mundo completo y somos libres.
Sin embargo, hoy, antes de dormir, nuestro soñador ha debido cenar algo que no le sentó bien, una cena que no le está ayudando a dormir placidamente. Por eso, hoy, nuestro huésped nos ha contando esta historia triste, llena de desgracias. Quizá el pescado del gran río no le sentó bien, o tal vez tomó demasiada fruta verde, pero no te apenes forastero, seguramente, mañana tendrá más cuidado y elegirá mejor sus alimentos, entonces tu historia se volverá tan alegre y feliz como las nuestras. Así, si tu historia es alegre, tus sueños también serán alegres, y cuando duermas y seas el soñador de otras gentes, estas serán felices y no sufrirán penas ni desgracias. Por eso te hemos ofrecido nuestros mejores manjares y nuestras más bellas mujeres quieren satisfacerte, porque los hombres que viven en tus sueños no merecen sufrir malas historias sólo por una mala digestión".
El sacerdote contempló al narrador. Luego, fue pasando su mirada por todo el grupo. Veía frente a él a un indio semidesnudo. Resonaban en su cabeza las arengas de los grandes conquistadores católicos, la espada, la cruz.
Un pequeño se acercó hasta él y le tendió un fruto dulce y sabroso. Lentamente, extendió la mano, tomó el fruto y lo mordió...
Bueno, al fin ha llegado la conclusión. Para los que os puede parecer excesivamente larga esta historia, os pido disculpas y prometo no volver a colgar ladrillos así de largos, pero es que me apetecía escribir este cuento.
Un saludo y gracias a los que me leéis.
Darrell Standing
sábado, 25 de noviembre de 2006
Por Invitado @ 12:09
Buena historia, me ha gustado mucho. No dudes poner alguna más igual de larga y a quien no le guste que no lo lea
lunes, 27 de noviembre de 2006
Por La Novia de Peregrino @ 10:13
Así es mi churri, todo sensibilidad y bondad.
Ainsssssssssssshhhh, es que me lo como.
lunes, 27 de noviembre de 2006
Por Lolilla @ 23:12
Un sorprendente desenlace.
Bonita historia.
Besos.
martes, 28 de noviembre de 2006
Por heavymetalero @ 18:32
Buen final tío. Al final lo natural terminó dominando al artificialismo religioso.