La primera sensación que tuvo fue un extraño hormigueo en las piernas. Era como una picazón que le subía desde los dedos de los pies e iba avanzando hasta la rodilla. Un repentino temblor le provocó un estremecimiento en todo el cuerpo.
Intentó abrir los ojos pero sus párpados pesaban como si fueran de plomo. También quiso obligar a su garganta a emitir algún sonido, pero el esfuerzo se le hacía imposible. De nuevo sintió que su mente se hundía en la negrura, intentó con todas sus fuerzas mantener su conciencia a flote, pero, finalmente fue arrastrado por la inconsciencia.
El viejo indio se separó del cuerpo del sacerdote. Sonrió satisfecho a las miradas del resto del grupo, las hierbas que le había hecho inhalar, habían logrado sacarle del mundo de las tinieblas. Otro hombre se acercó, llevaba un pequeño recipiente donde echó agua e introdujo la pulpa de una planta. Durante un buen rato estuvo removiendo la mezcla, tras probar el brebaje y mostrándose satisfecho con el resultado, introdujo una caña hueca en la boca del yaciente, y con mucha paciencia, fue dejando resbalar unas gotas de la mezcla, al tiempo que masajeaba la garganta para ayudar al enfermo a tragar.
Habían estado observándole desde el día siguiente a haber sido abandonado por sus guías. Al principio no era más que una curiosidad que había penetrado en su mundo. Incluso los chiquillos se acercaban a observar a aquel extraño hombre. Le veían acumular madera y echarla continuamente al fuego. Con lo sencillo que era encender una hoguera cuando se necesitaba, sin embargo, aquella persona se comportaba como si su misión fuera mantener el fuego encendido de forma indefinida.
Al tercer día de vigilancia vieron que no tomaba alimentos. En un principio pensaron que era algún extraño rito, pero, según se iba debilitando, veían que no era capaz de buscar su propia comida. Por la noche, cuando el grupo se reunía en su campamento, se preguntaban por qué no comía. El río estaba lleno de suculentos pescados. En los árboles cercanos había gran cantidad de nidos con huevos, y todo el mundo sabía que las riberas de los ríos, se encontraban fácilmente gordos y sabrosos escarabajos, suculentas culebras de agua y crujientes cangrejos.
El día que el cura comenzó a delirar, sólo estaban vigilándole un pequeño grupo de niños. Los adultos ya habían perdido el interés por aquel extraño ser. Cuando vieron que dejó de moverse, se fueron acercando tímidamente hasta él. Finalmente, convencidos de que había muerto, avisaron a los adultos del campamento.
No podían permitir que aquel hombre permaneciera muerto en aquel lugar. Sabían que la descomposición del cuerpo atraería a los carroñeros, especialmente a los jaguares, y la presencia de aquellos gatos pondría en peligro a los más pequeños del grupo.
Cuando ya estaban dispuestos a arrojar su cuerpo al río, notaron que todavía existía un hálito de vida en su cuerpo. Lo cargaron hasta su poblado, y allí se esforzaron por sacarle del mundo de tinieblas donde se había introducido. Poco a poco, le hicieron ingerir alimentos. Se turnaban para mascar el alimento y, una vez convertido en papilla, lo iban introduciendo con paciencia en su boca.
Casi había transcurrido una semana completa cuando pudo abrir los ojos por primera vez. Su visión borrosa, apenas le permitió vislumbrar una estructura de grandes hojas secas, después, su campo de visión se vio interrumpido por una cara sonriente que le miraba, luego, nuevamente volvió la negrura.
jueves, 23 de noviembre de 2006
Por La novia de Peregrino @ 10:40
Esta noche me lees en la cama la cuarta entrega, ¿vale?. Pero ponme esa voz grave y varonil que tanto me gusta, cariñin.
Saludos a las demás lectoras y al rockero.
viernes, 24 de noviembre de 2006
Por unalectora @ 0:21
Un poco larga la historia para un blog, pero muy interesante, hay pasajes que incluso te llevan a oler el aroma de la selva. Ya tengo ganas de saber que pasa con el cura.
Actualiza rapido.
viernes, 24 de noviembre de 2006
Por najwa @ 10:37
Existen caminos para abandonar las tinieblas...
Estoy pendiente de tu próxima entrega.
Besos.