Hace ya algunos días que pienso que podría ser divertido contaros un cuento. Los cuentos tienen algo especial. Cuando crecemos, renegamos de ellos, solemos calificarlos como narraciones para niños. Sin embargo, el cuento nos hace retroceder hasta nuestra infancia, a esos años donde nunca existían las responsabilidades, a ese periodo de nuestra vida, donde lo único importante era vivir el día a día, sabiendo que cada amanecer nos deparaba un mundo sin estrenar.
Pero bueno, dejémonos de divagaciones y vayamos al cuento.
¡Quince años! Hoy era su cumpleaños. Aquella mañana, desde que se levantó, se sentía más mayor. Por fin había cumplido los quince años.
Cuando llegó al instituto, sus amigas corrieron a felicitarla. Incluso "la virtudes", la profesora de matemáticas, decidió que como regalo de cumpleaños no saldría a solucionar problemas a la pizarra.
En cuanto sonó el bocinazo que marcaba el final de las clases, se despidió de sus amigas y salió disparada hacia casa. Estaba segura que sus padres le tendrían preparado algún regalo sorpresa.
Caminaba distraída, pensando únicamente en sus quince años, en la cantidad de cosas que iba a poder hacer. Había logrado sacar a su madre la promesa de que le dejara utilizar maquillaje. Imaginaba que el regalo sería una caja con pintura para los ojos, colorete y carmín para los labios. Por otra parte, también podría ser que su padre se mostrara dispuesto a dejarle hacerse el piercing en el ombligo. Menuda envidia tendrían sus amigas, y lo que iba a ligar en la playa el verano.
Quizá fue la ansiedad por llegar rápidamente a casa. Quizá, ni siquiera se dio cuenta del camino que tomaban sus pies. La cuestión es, que cuando fijó su atención en la calle, había tomado el camino que pasaba por el viejo jardín. Un camino que, siempre que podía, evitaba. Incluso ese mismo día, estuvo tentada a dar la vuelta y girar por la calle que iba hasta el mercado, por eso se detuvo en mitad de la calle. Cuando ya iba volver sobre sus pasos, pensó que ese día cumplía quince años. Debía dejar a un lado sus miedos infantiles y comportarse como una auténtica mujer de quince años.
Con gesto resuelto continuó caminando. Según se aproximaba al jardín, su seguridad iba desapareciendo. En un ejercicio de pura fuerza de voluntad, se obligó a seguir caminando. Incluso, decidió que caminaría por la acera que corría junto al jardín.
Aquel jardín siempre le había dado miedo. La verja, con aquellos hierros oxidados y cubiertos por la madreselva, le producía escalofríos. Tenía la extraña sensación de que su existencia sólo tenía una finalidad. ¡No, no era la de impedir el paso a los extraños! Lo que ella pensaba era que actuaba como muro de contención. Un muro que evitaba que algo, demasiado horroroso como para poder ser descrito, abandonara el jardín e invadiera las calles.
Curiosamente, nunca había podido ver el interior de aquel jardín, sólo los altos árboles, que superaban con creces la altura de la verja, mostraban sus retorcidas y secas ramas.
Ella no recordaba haber visto nunca una hoja verde brotando de aquellas ramas. Ni siquiera en primavera, cuando toda la ciudad mostraba sus jardines pletóricos, radiantes por el estallido de aromas y colores. Nunca, en sus quince años de vida, había visto algo de vida en aquellas ramas que sobresalían por la verja, retorciéndose y agitándose por el viento. Parecían extraños brazos que amenazaban con atrapar a todo aquel que se aproximara hasta allí.
En el centro de la verja se abría un gran portalón de recia madera. Recordaba los juegos con los compañeros del colegio, cuando no tenía más que ocho o nueve años. Uno de aquellos juegos, una auténtica prueba de valor, consistía en acercarse hasta aquel portalón, y con una tiza, previamente robada en la escuela, escribir las iniciales. Jamás el nombre completo. Existía una leyenda entre los estudiantes de primaria, que contaba como los chicos o chicas que habían osado escribir su nombre sobre aquellas viejas tablas, habían desaparecido a los pocos días, y nunca más se les había vuelto a ver.
Más tarde, ya en el instituto, se había reído de aquellas historias, aunque, tampoco ninguno de sus compañeros se había atrevido a escribir su nombre sobre la puerta. Todos ponían excusas, lo consideraban juegos infantiles no dignos de estudiantes de instituto.
Pero ahora ella tenía quince años, y aquello no era más que un viejo jardín descuidado, con árboles de ramas secas que asomaban por encima de la verja. Un viejo jardín con una puerta cochambrosa que necesitaba urgentemente una mano de pintura.
Según caminaba por la acera se iba fijando en los detalles. Verdaderamente la verja estaba vieja y retorcida en algunos de sus extremos. La madreselva se notaba que no había sido recortada en años, y ese era el motivo por el que parecía un lugar salvaje y misterioso.
Cuando llegó a la altura de la puerta, observó como los clavos que remachaban los travesaños de madera, estaban oxidados. Incluso, había más de uno que amenazaba con desprenderse al menor golpe. También la madera mostraba los signos de la decrepitud, con zonas astilladas.
Sonriendo, extendió la mano hasta tocar la madera. Notó su aspereza de su tacto. Una idea le vino como una centella a su cabeza. Sin dudarlo, se descolgó la mochila y comenzó a hurgar en ella. Extrajo de su interior un rotulador rojo y, con el corazón latiendo como un caballo desbocado, pero con la sensación de estar demostrándose que era ya toda una mujer de quince años, escribió su nombre: "Nuria, 15 años"...
Al principio, sus padres no se preocuparon. Era normal que el día de su cumpleaños se entretuviera algo más con las amigas. Sin embargo, las horas iban pasando y Nuria no llegaba a casa. Telefonearon a casa de algunas de sus amigas, pero todas coincidían en que había salido de clase y se había dirigido a su casa.
Cuando comenzó a oscurecer, la madre llamó a la policía. El padre, por su parte, recorría, una y otra vez el trayecto del colegio a casa.
En su habitación, sobre la cama sin deshacer, reposaba un paquete, un regalo de cumpleaños, una caja con pintura para los ojos, colorete y carmín para los labios.