Alguien dijo alguna vez que el hombre no debía tener más equipaje que lo que cupiera en un pequeño bolso.
Es cierto, siempre viajamos con exceso de equipaje, con sobrepeso. El gran viaje, el viaje de la vida, le lastramos con nuestro equipaje. Cuanto mayores son los bultos, menos tiempo nos dejan para disfrutar de la odisea de viajar. Nos perdemos el paisaje, atentos a la fragilidad de nuestras posesiones.
El inicio lo emprendemos desprovistos de todo bagaje. Nada nos impide mirar, aprender, reír y disfrutar de nuestro entorno. Ninguna posesión es importante, todo ocupa su justo sitio.
Los viajeros que ya llevan parte del camino recorrido, sienten envidia y por eso nos incitan a cargar con equipaje. Nos hablan de responsabilidades, nos diferencian entre lo superfluo y lo necesario, sin embargo, no somos capaces de apreciar su error, un error que les lleva a calificar de necesario lo prescindible, de responsabilidad lo banal, de útil lo innecesario.
Pero no podemos escapar. No hay nada que podamos hacer para que nuestro equipaje no crezca. Nos muestran sus posesiones e incitan nuestra envidia, nuestra codicia.
Les observamos, al principio con recelo, y por eso somos tratados de niños, de inmaduros. Más tarde, dejamos a un lado nuestra ingenuidad y en su lugar introducimos el cinismo, la generosidad deja paso al egoísmo.
Poco a poco, nuestro equipaje va creciendo. Aquel balón deseado, el pantalón de la marca determinada. Seguimos avanzando en nuestro camino y los bultos van cambiando. Van cambiando pero no desaparecen. El balón es sustituido por la moto o el coche. Más tarde nuestra casa, el gran bulto, la gran maleta que iremos llenando.
Allí se irán asentando los libros, la música. Aparecerán, como por arte de magia, distintos utensilios inútiles. Figurillas y engendros absurdos. Aquí aparecen unos conejos de china, allí una piedra pintada, más lejos un tarro con monedas, y un poco más allá una mala imitación de un hórreo asturiano en arcilla con una frase medio borrada, donde sólo podremos leer "Recuerdo de...".
También, como ansiosas urracas llenando el nido, compraremos electrodomésticos imposibles, exprimidores automáticos, que casi nunca utilizaremos, pela-patatas eléctricos que dormirán eternamente en un cajón. Las paredes ostentarán cuadros absurdos.
Acapararemos cosas, nos rodearemos de equipaje, nuestro equipaje. Pero habremos perdido algo importante en el camino. Algo que siempre nos pareció pequeño, casi insignificante. Algo que nunca ocupó espacio y por ese motivo lo desechamos a la primera de cambio. Perdimos nuestra libertad para viajar.
Al final, cuando lleguemos a la estación de termino, tendremos que desembarazarnos de todo. No lo entenderemos, nos parecerá injusto. Tanto luchar por tener el equipaje más ostentoso, el más llamativo para al final abandonarlo. Pero tendremos que dejarlo.
Allí, en un rincón, llenándose de polvo y sufriendo las inclemencias del tiempo, descansará nuestro equipaje. Junto al resto de otros muchos equipajes de quienes llegaron antes que nosotros. Y será allí, cuando finalmente el viaje acabe, donde sabremos que siempre habíamos llevado exceso de equipaje.
lunes, 23 de octubre de 2006
Por Sr. Nadie @ 10:41



Snif, Snif, Snif.
Pereg., desde que te juntas con meoncetes estás de lo más tierno. Dada la ñoñería del relato estoy a punto de "bomitar".
Besitos.

lunes, 23 de octubre de 2006
Por churra103 @ 12:44
Llegamos encorvados ,tan procupados por el equipaje , por el nuestro y el ajeno que caminamos sin saber muy bien por donde vamos pasando, los paisajes que nos hemos perdidos .
Oye me gusto mucho tu pos sobre la seducción . Todo un arte .
Besos .
A lo peor, cuesta desacernos del exceso de equipaje...