Peregrino de las estrellas

miércoles, 04 de octubre de 2006

Hay ocasiones en las que las ideas surgen por si solas, como si estuvieran vivas. Giran y dan vueltas en la cabeza hasta que se plasman en un papel. Sin embargo, en otras ocasiones, las ideas te rehuyen, se esconden y, por más que te esfuerzas, no eres capaz de encontrarlas.
Yo no creo que la capacidad de crear sea continua. No, no es un acto que uno controle. No es posible sentarse frente a un teclado y fabricar una historia como quien fabricaría una lámpara. Las historias deben surgir solas, sin ser forzadas. Si las apretamos, si las forzamos a ser, nacerán incompletas, deformes.
Imagino que os estaréis preguntando el por qué de esta introducción. Bueno, la cosa es fácil de entender. Yo llevaba unos días intentando forzar una historia. Creía que, por el mero hecho de desearlo, podría crear una historia, un cuento, un relato, algo nacido de un simple ejercicio de fantasía. Pero no podía, no podía y me sentía frustrado, y la propia frustración impedía que pudiera nacer una historia.
Hoy, cuando no estaba preparado para escribir nada, ha surgido. Ha sido fruto de la casualidad. Ha nacido de unos retazos de conversación apenas escuchados. Unas frases sueltas que, aunque en un principio no fueron más que oídas, finalmente fueron escuchadas.
Esta mañana, mientras esperaba el autobús, se han sentado a mi lado dos señoras mayores. Dos mujeres que ya habían cumplido sobradamente los ochenta años...
- Buenos días - saludaron amablemente - ¿le importa que nos sentemos aquí?
- ¡No, por Dios! Siéntense - contesté al tiempo que me movía para dejarlas más sitio.
- Gracias, es usted muy amable - contestó la que parecía más joven de las dos.
Después de ese intercambio de convencionalismos, volví a centrarme en el periódico que estaba leyendo. Mi atención abandonó a las dos señoras y comenzó a sumergirse en las noticias que reflejaba el diario. Sin embargo, algo en el tono de voz de las señoras hacía que no pudiera concentrarme tan efectivamente como me gustaría. Aunque pretendía aislarme, sus voces se iban filtrando en mi cabeza.
- Pues hija - decía en ese momento una de las mujeres - yo es que todas las mañanas tengo que hacer un esfuerzo para levantarme. Tengo las piernas hinchadísimas.
- Yo de lo que estoy fatal es de la vista - contestaba su interlocutora - Me ha dicho el oculista que voy a tener que operarme de las cataratas, pero como tengo mucho azúcar el médico no se atreve hasta que no me baje.
- Ni se te ocurra operarte. Mira lo que le ha pasado a mi vecina, la operaron y ahora no ve nada.
- Por eso - asentía la candidata a invidente - Yo ya le he dicho a mi hija que no me opero.
- No sé que quieren solucionar - comentaba la consejera - Lo nuestro no es más que el montón de años que tenemos. Que se nos gasta la vista.
- Eso le he dicho a mi hija ¿Sabes lo que hago yo ahora? Pues miro poco. En cuanto estoy en casa, cierro los ojos y no miro nada, así no gasto la vista, que para la poca que me queda la quiero reservar para ver lo que yo quiera.
Fue en ese momento cuando llegó mi autobús. Cuando subí no podía dejar de pensar en lo que había escuchado. Una señora cerraba los ojos para no gastar la vista, y todo porque sabía que le quedaba poca. La mujer quería conservar la poca vista que tenía para lo que ella considerara digno de verse. Quizá la reservaba para ver a sus nietos, para leer la última carta de amor que le escribieron, para mirar una fotografía llena de recuerdos, o, quizá, por qué no, para ver un programa de prensa rosa en la televisión, o asomarse a una revista de moda, que no todo tiene que tener un fondo romántico o tierno.
¿Cuántas veces hemos gastado, mejor mal gastado, bienes limitados? La vista, viendo sin mirar. El oído, oyendo sin escuchar. El tacto, tocando sin sentir.
Finalmente, busque a las señoras con la mirada pero ya habían bajado. Ni siquiera me di cuenta en que parada. Volví la vista despacio entre la gente que se sentaba a mí alrededor y, por primera vez, me di cuenta que las estaba mirando. No sólo las miraba, también las escuchaba.
Cuando llegó mi parada, apoye suavemente la mano sobre el hombro de una persona que estaba junto a la puerta y, por primera vez, sentí a la persona.

COMENTARIOS

miércoles, 04 de octubre de 2006

Por Sr. Nadie @ 12:20


Jo, que tierno, se me han abierto las carnes y los pelos se me han puesto como escarpias. Que lindo, que hermoso, que sensibilidad, que poético.
Peregrino, ¿puedo hacerte una pregunta?. Sí, - me contesta él con voz de ultratumba. Vale, gracias - digo yo.
Y le pregunto: ¿Cuándo escribes estas cosas te estás tocando?

Sr. Nadie

miércoles, 04 de octubre de 2006

Por Darrell_Standing @ 19:51


Está muy claro señor Nadie, sin tocamientos, pero tocamientos de los de sentir (nada de roces rápidos y superfluos que no acaban en nada) es díficil poder escribir.
Un saludo
Darrell Standing

miércoles, 04 de octubre de 2006

Por Seudolus @ 20:17


Me gusta, sobre todo la última frase “y por primera vez, sentí la persona”. Eso es una suerte, los hay que se mueren si saber si es carne o pescado.
Un saludo.

miércoles, 04 de octubre de 2006

Por Scheherazade @ 20:45


Darrell tienes algo especial que al igual que te llegan tu llegas a las personas eso no es tan fácil...

P.D Lo que si le diría al Sr.Nadie, se ha planteado crear un blog...? Ya tiene una fiel admiradora...Aishhh..me encanta su ironía...

jueves, 05 de octubre de 2006

Por Sr. Nadie @ 0:14


Querida Scheherazade.
La admiración es mútua. Y te contesto: No tengo blog, ni pienso tenerlo, de momento. Mis dosis de ego se ven colmadas con estos breves y humildes comentarios, que realizo en este blog y en otros. Pero se agradece el cumplido, aunque tengo que decirte que no se hizo la miel para la boca del asno.
Gracias de todos modos.
Un beso afectuoso.

Sr. Nadie

P.D. A ti también te beso, Peregrino, que luego te pones celosón y violento, jejeje.