No estoy loco. No, por mucho que insistáis no estoy loco. Sé que vosotros alguna vez también los habéis visto. De refilón. Casi como un movimiento imperceptible. Pero habéis desechado esa imagen de vuestra cabeza.
Nos acechan, nos observan, vigilan cada uno de nuestros pasos. Están atentos a nuestros gestos, a nuestras palabras. Saben que nuestra atención nunca es persistente. No somos capaces de perseguirles de forma constante, sin detenernos. Y de eso se aprovechan. Se aprovechan de nuestra dejadez, de nuestra desidia, de nuestra indolencia para perseguirlos.
Sólo nos tienen miedo cuando somos niños. Cuando todavía no hemos perdido nuestro instinto natural. Es entonces cuando les vemos, cuando somos capaces de reconocerlos claramente. Por eso nos atemorizan. Llenan de miedo nuestros sueños, nuestros juegos infantiles. "El hombre del saco", "el monstruo debajo de la cama", "los demonios en el armario", ellos los inventaron. Inventan esas patrañas para que nuestras historias sean increíbles. Suenen falsas a los oídos de los mayores.
A veces, un adulto es capaz de verlos. Apenas un borrón vislumbrado con el rabillo del ojo. Una mancha informe, indefinida. Una forma que nos asusta.
Una vez que los has visto ya no puedes olvidarlos. Siempre estarás vigilante. Atento. Buscándolos en cada rincón.
Vosotros, cuanto me veis mirando con el rabillo del ojo, me observáis. No entendéis que miro. No sois capaces de ver lo mismo que yo. Primero murmuráis a mis espaldas. Luego, algunos de vosotros, los más cercanos a mí, indagáis y preguntáis qué me sucede. Pero si os lo digo, si os cuento lo que he visto. Si se me ocurre explicaros que ellos están siempre al acecho, vigilantes, no me creéis Pensáis que estoy enfermo, desequilibrado. Que no soy capaz de ver la realidad que me rodea.
Cuando he decidido mostrároslos. Cuando he estado con mi familia, con mis amigos, en el cine o en un bar. En medio de una conversación. Me he detenido. Les he visto. Entonces he gritado "¡Ahí están! ¡Miradlos!" Pero, cuando giráis la cabeza ya se han ido.
Me he esforzado por explicaros que son rápidos, que sólo podéis verlos con el rabillo del ojo. Pero nadie me cree. Me miran y cabecean preocupados. Os escucho hablar a mis espaldas, murmurando "está enfermo... habrá que hacer algo..."
He descubierto que también se les puede ver en los espejos. En los rincones apenas reflejados. En esos lugares a los que sólo llegamos si miramos el espejo de refilón. Allí, al fondo, confundidos con los últimos reflejos, algunas veces, se les puede ver. Indefinidos, apenas un borrón, pero están allí. Mirándote, desafiándote.
Les he buscado en viejas fotografías, y allí estaban. En viejas películas en blanco y negro, y allí estaban. Os los he mostrado, una y otra vez, y siempre me habéis dicho que eran defectos de las fotografías, daños en la película, fallos en el revelado, errores en el enfoque. Ni siquiera entonces habéis sido capaces de reconocerlos.
Sé que no todo lo que os diga no servirá de nada. Diréis que son fantasías de loco. Sueños de un demente. Pero, cuando me detuvieron, estaban allí. Vosotros no les veíais pero estaban allí. ¿Por qué no les escuchabais? ¿No oíais su risa? Yo no maté a aquel hombre. Fueron ellos. Ellos le asesinaron. Yo intenté impedirlo, intenté luchar contra ellos, pero fracasé. Por eso mis manos tenían sangre. Por eso en mi ropa y en mi cuerpo había rastros de lucha. Porque luché contra ellos. Intenté defender, salvar a aquel hombre.
Recuerdo el juicio. Estaban cerca del jurado. Corrían hasta el sillón desde donde el juez me miraba. Se colocaban a su espalda. Me hacían muecas, se burlaban de mí. Cambiaban las pruebas, las manipulaban para incriminarme. Por eso tuve que gritar. Por eso me levanté y avance hasta donde estaba el juez. Le grité que les mirara. Que les viera como se reían de nosotros.
Todos pensabais que me había vuelto loco. Que mi locura hizo que atacara y asesinara a aquel hombre, pero no. Fueron ellos. Ellos lo hicieron. Golpearon y asesinaron a aquel hombre sólo para incriminarme. Tienen miedo de que alguien pueda creerme. Que alguien, al igual que yo, pueda contar su secreto.
Me han recluido en el hospital para enfermos mentales. Estoy aislado. Solo en esta celda. ¿Solo? No, ellos están aquí. Acechándome. Vigilándome. Atentos a mis gestos y movimientos.
Esta noche, sé que será esta noche. Esta noche vendrán a por mí. Mañana cuando vengáis a verme, cuando, siguiendo la rutina diaria, abráis el pequeño ventanuco y miréis hacia mi cama, ya no estaré. Ellos me habrán llevado. Encontraréis mi celda vacía, mi cama hecha, y mis cosas en su sitio, pero yo ya no estaré allí.
Ellos vienen a por mí, saben que soy capaz de verlos. Si queréis saber mi secreto, si queréis saber mirar para descubrirlos, sólo tendréis que hacerlo de refilón, apenas con el rabillo del ojo...