Peregrino de las estrellas

jueves, 20 de julio de 2006

Solía andar por los aledaños de la Puerta del Sol, merodeando cerca de la estatua del oso y el madroño. Subía por la calle Preciados y se acercaba hasta el edificio de la fnac. Allí, junto a la esquina de Gran Vía, solía sentarse en el suelo. Cuando tenía suerte, los escalones del cine estaban desocupados, y era allí donde descansaba.
Creo que, la primera vez que me fijé en él, fueron sus ojos los que me llamaron la atención. No es sencillo poner un adjetivo a aquellos ojos. Quizá si dijera que tenía una mirada triste, podría aproximarme a su expresión, aunque no era exactamente tristeza lo que emanaba de aquellos ojos. Era algo mucho más profundo. Era una mirada huidiza, incapaz de fijarse. Saltaba continuamente de un lugar a otro, luchando por pasar desapercibida. Era una mirada que expresaba derrota. Aquellos ojos que te contemplaban eran los ojos de un ser humano derrotado. Un ser humano incapaz de recuperar la ilusión por vivir.
No existía el mínimo atisbo de esperanza tras la mirada de aquel hombre. En alguna ocasión, al pasar junto a él, escuché comentarios despectivos. La gente retrocedía ante su aspecto. Su ropa desaliñada y su cuerpo sucio, provocaban el rechazo en cuantas personas lo contemplaban.
No, no penséis que yo era especial. También hubiera pasado indiferente, no una, sino mil veces, junto a él. Todavía hoy me pregunto ¿Por qué me detuve a contemplarlo? ¿Cuál fue el motivo que me hizo fijarme en aquel hombre? Todo fue por un sencillo comentario, una frase escuchada al azar.
Una señora paseaba junto a su hijo, un niño pequeño, apenas tendría seis o siete años. Iban delante de mí y cuando llegaron a la altura de aquel hombre, el niño, se detuvo. La madre tenía que tirar de la mano del crío para que continuara andando, pero el niño se resistía.
Cuando les rebasaba, escuché como la madre recriminaba a su hijo. Eran frases típicas, dichas con buena intención. Frases que sólo pretendían alejar al niño de la visión de aquel desecho humano. Fue en ese momento cuando el chico dijo "Pobre hombre mamá ¿No tendrá una familia que le quiera? ¿Dónde estará su mamá y su papá?" Miré al niño que era arrastrado por su madre, después busqué los ojos del mendigo. Su cabeza estaba agachada y su mirada se perdía entre sus zapatos, pero levantó la cara y miró al niño. Fue entonces cuando vi sus ojos.
Continué calle abajo, pero ya no pude quitarme aquellas preguntas de mi cabeza. Había tenido que ser un niño quien se diera cuenta, que aquel cuerpo, aquel ser sentado en los escalones, era un hombre, un ser humano igual que nosotros. Con dos brazos y dos piernas, con un corazón que bombeaba sangre. Un hombre, que antes había sido un niño, y se habría sujetado con fuerza a la mano de su madre, sintiéndose, al igual que aquel crío, seguro y protegido.
Ya de noche, volví a buscarle. Tenía que hablar con él. Necesitaba hacerle ver que me había dado cuenta que era un hombre. Necesitaba escuchar su historia, necesitaba saber que le había llevado a aquel estado.
Busqué en Sol, subí Preciados y bajé Gran Vía hasta la Plaza de España. Allí fue donde le encontré, sentado en un banco, con el cuerpo encorvado y la mirada perdida en el suelo.
Como era de esperar nadie se sentaba a su lado. Estuve un rato observando y me di cuenta que la gente se separaba del sitio donde aquel hombre descansaba. Pensé que, si en lugar de ir vestido con aquellos andrajos, hubiera llevado ropa elegante. Si en lugar de llevar el pelo revuelto y sucio, hubiera llevado un buen corte de pelo. Seguiría siendo el mismo hombre, con sus mismos problemas, sus mismas ilusiones rotas, y su misma derrota clavada en el alma, pero a los ojos de los transeúntes no sería la misma persona. Pensé, mientras le contemplaba, lo poco que nos importan de verdad las personas. Alguien está muriendo día a día delante nuestro, y somos incapaces de mirar hacia donde agoniza. Aceleramos el paso y guardamos bien profunda nuestra conciencia.
Después de un buen rato, decidí acercarme hasta él. Cuando me senté en el banco, ni siquiera levanto la mirada. Continuó en la misma postura. Me esforzaba en encontrar la manera de entablar una conversación con él, pero no sabía como hacerlo. Finalmente, extraje un paquete de tabaco y le tendí uno. Tuve que ponérselo en la trayectoria de su mirada. Él sólo extendió ligeramente una mano y agarró aquel cigarrillo.
En aquel gesto encontré la excusa para desatar mi lengua. Le pregunté cómo se llamaba, de dónde era, cuanto tiempo llevaba allí. Quería conocer su historia, quería saber, pero él no quería o no podía enseñar.
No contestó ninguna de mis preguntas. Sujetaba con fuerza aquel cigarro y no levantó la cabeza. Después de un buen rato en silencio, me levanté y me marché de allí.
Algunas veces, cuando paso por la Puerta del Sol, o paseo por la Gran Vía, le busco con la mirada. Algunos días le veo allí sentado, mirando al suelo, derrotado. También suelo preguntarme ¿Por qué me acerqué hasta él? Realmente ¿qué pretendía con mi gesto? Y a veces, me respondo que lo único que quería era que aquel hombre supiera que le había reconocido, que yo sabía que era un ser humano como yo, y que necesitaba que me perdonara por mi indiferencia, por mi egoísmo. Y claro, como era de esperar, él no podía perdonarme.

COMENTARIOS

jueves, 20 de julio de 2006

Por Invitado @ 0:44


Podias haberte quedado a vivir con el mendigo así no te aguantariamos por aqui

jueves, 20 de julio de 2006

Por Scheherazade @ 15:03


Por eso es cierto que ningún acto es altruista. Aunque sea esperamos sentirnos bien con nosotros mismos Guiño

Cómo decía aquella canción, ya quisiera yo ser más lista y poder pasar de largo…

miércoles, 04 de octubre de 2006

Por nuaniu @ 18:30


Intuición... séptimo sentido...no. ¿Hermeto Pascoal?...hmmm.No. Es otro mundo. Alma y alma 'más allá de las hebras de la imagen'. Con tiempo te leeré.

Un placer espídico.