Peregrino de las estrellas

lunes, 17 de julio de 2006

Este fin de semana, Rufo, la Jesusa y yo, hemos salido de viaje. Al principio costó un poco que nos pusiéramos de acuerdo, pero al final, y antes que llegara la sangre al río, una llamada telefónica decidió por nosotros. El caso es que unos amigos nuestros, nos invitaron para que pasáramos con ellos el fin de semana en Asturias. Y hasta allí nos dirigimos.
Después de montar en el coche, y de ajustar a Rufo en el asiento de atrás (la Jesusa es la única persona que logra que Rufo viaje en el asiento trasero y con el cinturón puesto), emprendimos nuestro camino. Primera parada en Benavente, con discusión previa incluida. Yo, como típico representante del sexo masculino, pretendía no parar, mientras que la Jesusa, como destacado miembro del grupo femenino, comenzó a quejarse diciendo que se meaba, y que o paraba o ponía el asiento perdido. La segunda parada en León. Esta parada la hicimos porque íbamos un poco sobrados de tiempo, aunque también porque la Jesusa sabe poner una sonrisa encantadora cuando quiere.
Cuando volvimos al coche, y como era de suponer, ya habíamos perdido todo el tiempo que nos sobraba. Fui acelerando para intentar llegar hasta Arrionda lo más rápidamente posible. Al llegar nuestros amigos tenían ya una cara de desesperación casi absoluta, pero bueno, como siempre pasa en estas ocasiones, a los cinco minutos ya estábamos todos encantados con nuestro encuentro.
Tras un rato de saludos efusivos y unas cuantas cañas de cerveza nos ponemos nuevamente en camino hacia el lugar donde íbamos a comer. El sitio en cuestión se llama La Nava, y está en la carretera de Arrionda a Oviedo. Yo que esperaba comer en un pueblecito asturiano majete y con encanto, voy y me encuentro con un "pueblucho" la mar de feo, y que se podía corresponder con cualquier pueblo de la periferia madrileña. Encima, el lugar elegido por estos amigos para comer, estaba en una gasolinera a las afueras. Os podéis imaginar mi desencanto. Mi cara dentro del coche era todo un poema, y la de Rufo, que a la hora de yantar es todo un sibarita, os la podéis imaginar. A menudo sitio nos habían llevado los colegas.
Uno de nuestros colegas, al ver nuestra expresión, no paraba de decir "No os mosqueéis, este es el sitio donde tienen la mejor sidra de toda Asturias", y yo para mis adentros pensaba "pues la sidra estará muy buena, pero hacerme todos estos kilómetros para terminar comiendo en una gasolinera...". Eso es lo que yo pensaba para mis adentros, pero, como siempre, Rufo decidió que era mucho mejor no dejarse nada dentro y comenzó a discutir con mi amigo "¡Menuda mierda de sitio! ¿Es aquí donde se supone que vamos a comer de maravilla? Pero si he visto Mac Donalds mejores que este antro"
Tan indignado estaba que estaba temiendo que de un momento a otro saliera volando y no parara hasta llegar a Madrid. Aunque bien mirado, con lo vago que se ha vuelto Rufo, me le imagino más haciendo dedo en la carretera. El caso es que fuera como fuese no nos quedaba más remedio que entrar a comer.
La comida realmente fue deliciosa. Comimos "patatas probe" (esa manía que tienen los asturianos por la dislexia, con lo fácil que resulta decir patatas pobres; pero bueno a cada cual lo suyo) que el cocinero colocaba en una sartén en el centro de la mesa (otra manía de los asturianos, y digo yo ¿Pero tanto les cuesta servir en la cocina como Dios manda?). Conforme iban cayendo las patatas la expresión de Rufo iba cambiando. Para ser exactos la de Rufo y la nuestra, porque aquello estaba riquísimo. Después de las patatas nos sirvieron pescado frito. "Fritos de Pixin" dijeron que se llamaba aquello. Rufo fue el primero que preguntó lo que era, y cuando el camarero le dijo "Es Rape", va el puñetero loro y suelta, "¡Ah! Japuta". Imaginaros la cara del pobre hombre. Rápidamente todos le explicamos que al Rape nosotros le llamamos Japuta. Al final, no sé si puso en práctica aquello de que el cliente siempre tiene razón, o terminó convencido, pero la cosa no fue a mayores.
Para el segundo plato nos aconsejaron un buen solomillo al cabrales. Fue en este momento cuando se armó el lío. Durante todo lo que llevábamos de comida, los camareros no paraban de observar a Rufo, pero, al fin y al cabo, los platos se situaban en el centro, y todos íbamos picando. Sin embargo, en esta ocasión se iba a servir un plato para cada uno, y el camarero, tuvo la ocurrencia de recomendar a Rufo un plato de frutos secos.
No había terminado de decirlo cuando se hizo un silencio sepulcral en la mesa. Todos ya conocíamos el carácter de Rufo, y más en asuntos de comida. El loro, primero miró al pobre hombre de arriba abajo. Después, con un tono de lo más desagradable suelta:
-Tú no tienes estudios ¿verdad? ¿Acaso no notas la mezcla de colores, rojo y amarillo de mi plumaje?
-Pues sí, veo los colores, ¿Pero eso qué tiene que ver? - contestó el hombre con cara de asombro.
En ese punto ya estábamos todos pendientes de cómo acabaría la discusión. En todo el restaurante no se oía el vuelo de una mosca.
-¿No notas como el rojo de las plumas de la derecha se va mezclando con el amarillo de las plumas de la izquierda?.
-Perdone pero no sé donde quiere ir a parar.
Era alucinante como Rufo había conseguido que aquel camarero se enredara en una discusión como esa. Y lo peor era que le estaba tratando como si en lugar de ser un puñetero pájaro, fuera un cliente.
-¿No sabes a qué me estoy refiriendo? ¡Que paciencia hay que tener con estos que se creen los reyes de la creación! Escúchame con atención. Todos, y fíjate bien que digo todos, los loros que tienen plumas rojas y amarillas, son fanáticos del solomillo al cabrales. Negárselo, sería tanto como meter la mano entre los colmillos de un tigre para intentar quitarle un buen pedazo de venado. ¿Está claro?
El hombre nos fue mirando de uno en uno, y después, encogiéndose de hombros, tomó nota de un solomillo de cabrales para Rufo.
Para el postre nos trajo unas tortitas de maíz que en Asturias, con esa manía suya de cambiar el nombre de las cosas lo llaman frixuelos. Cuando ya estábamos en los cafés y las copas de orujo, tuvimos la suerte de conocer a un tipo la mar de curioso.
Su nombre es Aladino, sí, como el del cuento, solo que este en lugar de ser experto en lámparas maravillosas era el campeón de echadores de sidra. Cuando nos hizo una demostración de como se tiraba bien la sidra, Rufo, que como ya podéis deducir no se puede estar calladito, va y suelta, "Eso lo hago yo con un ala atado a la espalda". Hay que reconocer que cuando se pone chulo mi loro se pone, menos mal que Aladino se lo tomó a broma y no pasamos a mayores. Cuando caía la tarde nos dirigimos hacia Oviedo para pernoctar......
Pero eso ya os lo contaré en otra ocasión que esto ya se está haciendo largo y Rufo dice que mañana tenemos que madrugar y abrir nuevamente la fontanería.

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lunes, 17 de julio de 2006

Por Invitado @ 3:22


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lunes, 17 de julio de 2006

Por Marta @ 16:57


Pero que basura es esta??????

lunes, 17 de julio de 2006

Por Vvanadis @ 20:30


A ver querido Darrell. Ya se ve que no venias tu muy a gusto, se nota y con la obcecación no te enteraste de nada. Te cuento por alto y sin entrar en detalles, el pueblo donde hay una de las mejores sidras del Principado y comiste se llama Nava, a secas, lo de poner los artículos delante sin necesitarlos, es cosa de moros, ya sabes, Asturias es España lo demás tierra conquistada.
Las patatas son "a lo pobre", sabe dios los motivos por los cuales en Madrid las llamais "patatas pobres" y no sigo porque se me hace largo, que lo sepas cuando quieras pasar por Asturias y enterarte, pegame un toque, de Gijón a Oviedo donde pernoctas son 20 minutos. Guiño