Ocurrió de noche. La mayoría de los hechos excepcionales suelen ocurrir de noche. Quizá no sea más que es a esas horas cuando la mente humana está más receptiva. Pero lo cierto es que ocurrió de noche.
Era una noche tranquila. La mar, porque a él siempre le gustaba llamarla la mar, estaba quieta como si fuera un extraño espejo negro. Las olas se arrastraban perezosas, tímidas, como si no quisieran romper la paz de aquel momento.
Siempre le gustaba pasear por la playa, sólo, sin nadie que rompiera aquel momento mágico. Se sentía especial. Se imaginaba que era el único hombre existente sobre la tierra y la mar era su compañera. Por eso, cada noche, bajaba hasta la playa. Una vez allí, encendía su pipa y charlaba con su vieja amiga. Algunas veces le contaba lo que le había acontecido durante el día. Otras, simplemente se limitaba a recordar las aventuras que habían vivido juntos. Aquel poderoso atún con el que estuvo luchando a brazo partido durante muchas horas. ¡Que bravo fue aquel pez! ¡Con cuanta valentía y nobleza luchó por su vida!
Algunos días, aquellos en lo que se encontraba más triste, y cuando la ginebra no era capaz de acallar su angustia, gritaba a la mar, la gritaba con rabia, la llamaba traidora y falsa, recriminándole el haberse llevado a sus amigos. Al final, con la garganta rota, lloraba como un niño. Pero la mar siempre le escuchaba atenta, y cuando el arrebato de rabia había pasado, le consolaba, como una amante consuela después de una ataque de celos.
Había otras noches en las que él callaba, entonces era la mar la que hablaba. Siempre las noches de luna llena, cuando sus rayos se reflejaban sobre el agua, era cuando la mar le contaba historias. Viejas historias de marinos, de islas remotas con inmensas playas de arena blanca y arrecifes de coral. Historias de grandes tempestades y hombres curtidos luchando contra las olas.
Aquellas historias sólo estaban hechas para viejos marinos, viejos lobos de mar como él, que eran capaces de escuchar el susurro del mar. Hombres que habían oído el canto de las ballenas y que habían sentido la risa de los delfines cuando se deslizaban veloces bajo el casco.
Recordaba una historia que le había contado mil veces su padre, pescador como él. Una historia que su padre escuchó de su abuelo, y este del suyo, perdiéndose en una infinita cadena familiar de hombres de mar, de pescadores que siempre supieron escuchar el susurro de las olas.
Aquella historia hablaba de un lugar, en el centro del océano, lejos de cualquier costa y fuera de las rutas habituales de los pesqueros. Allí, según le contaba su padre, siempre en un susurro, y siempre frente a la mar, había una isla, rodeada de un agua azul oscuro, profundo. Era imposible acceder al interior de la isla, ya que estaba cercada por altos acantilados, de roca dura y brillante. Además, las fuertes corrientes arrastraban a las naves que se aproximaban y las estrellaban contra las rocas. Nadie que hubiera visto la isla había vuelto para contarlo. Sin embargo, cuando uno era capaz de escuchar a la mar, ésta le susurraba la historia de la isla, de los grandes tesoros que había en el interior. Un lugar donde descasaban todos los marineros que habían perecido ahogados en los naufragios. Un lugar de densos bosques con árboles cargados de frutas dulces. Un lugar con inmensos lagos interiores de aguas puras y cristalinas. Y allí, acompañando a aquellos hombres afortunados, vivían infinidad de sirenas. Hermosas, cautivadoras, capaces de hacer las delicias de cualquier hombre.
Ellas, con su dulce canto, atraían a los ahogados hasta la isla y, una vez allí, con un sencillo beso, les devolvían la vida.
Cuando su padre le contaba aquella historia siempre se detenía al llegar a ese punto, y cuando él, todavía un niño, levantaba la cabeza y miraba el rostro de su padre, le veía mirar fijamente la mar y en sus ojos veía que soñaba con escuchar aquel canto. Por eso, cuando llegó la noticia del naufragio del barco de su padre, no lloró, ni siquiera se puso triste. Escapó corriendo del lado de su madre y corrió hasta la playa. Fijó sus ojos en la mar y se despidió de su padre, sabiendo que estaba en la isla, comiendo dulce fruta y escuchando el canto de las sirenas.
Pero había pasado mucho tiempo desde que su padre desapareció en la mar. Sin embargo, en todo ese tiempo siempre había recordado pedirle a la mar que le llevara su voz hasta la isla, para que su padre supiera que se había convertido en un hombre, en un pescador, en un lobo de mar que confiaba en llegar algún día hasta la isla.
Ocurrió de noche. La mayoría de los hechos excepcionales suelen ocurrir de noche. Al principio no lo reconoció, incluso llegó a confundirlo con el grito de una ballena, pero poco a poco lo fue escuchando, cada vez más claro, cada vez más nítido. Era el canto de una sirena...
Por la mañana, unos chiquillos que paseaban por la playa encontraron un par de botas y sobre ellas, cuidadosamente colocada, una vieja pipa.