Hoy os quería contar una experiencia increíble que hemos tenido mi querido Rufo y yo este fin de semana, y que me ha reafirmado en mi opinión de que el campo y yo somos incompatibles.
Creo que para explicarme bien nada mejor que empezar por el principio. El viernes pasado, estábamos mi buen Rufo y yo tranquilamente esperando la hora de cerrar la fontanería, cuando llegó la Jesusa. La verdad es que deberían haberse disparado todas las alarmas nada más verla entrar, pero he de reconocer que cuando la Jesusa aparece en el plan que apareció no hay alarma capaz de avisar. A lo que iba, que luego me tasan de disperso, allí estaba la Jesusa con un pantaloncito corto y una camiseta de hombreras, tan ajustada que uno podría llegar a pensar que estaba pintada. Como siempre que sucede eso, tanto a Rufo como a mí, se nos abre una boca de par en par y nos aparece una sonrisa la mar de bobalicona.
Jesusa, con ese andar que tiene ella, se acercó a nosotros y nos suelta: "He pensado que este fin de semana podíamos irnos a casa de mi hermana. No estaría nada mal un fin de semana campestre, que os hace falta algo de color".
He de deciros que la hermana de la Jesusa vive en uno de esos pueblecitos castellanos tan monos, donde, a poco que te descuides ya has pisado una caca de vaca, o incluso te puede suceder que sea la vaca la que te pise a ti. Rufo y yo nos miramos y, casi como si fuéramos uno, gritamos "¡No, al pueblo de tu hermana, no! - Tomé yo la palabra, que para algo soy el jefe en la fontanería y continué argumentando contra ese proyecto. - A ver, corazón - esto lo dije con la mejor de mis sonrisas - ese pueblo está lleno de moscas durante el día, y por la noche, cuando las puñeteras se van a dormir, toman el relevo los mosquitos. Eso sin contar la cantidad de bichos que reptan y trepan, pican y muerden, y otras muchas cosas más que no nombro ahora por respeto. Mejor nos vamos a la piscina, comemos en un restaurante, vamos al cine y luego una velada relajada en casa. Lo que se dice un fin de semana perfecto".
Evidentemente, y como no podía ser de otra forma, una hora después estábamos haciendo la bolsa para salir camino del pueblo. Cuando ya estábamos con el coche preparado, aparece la Jesusa con su hermana. No la del pueblo, otra mayor, que la familia de la Jesusa es muy prolífica.
Se llama Pilar, pero todo el mundo la llama Pilarín. Rufo y yo suspiramos resignados. Si ir a casa de la Reme ya es toda una experiencia, (la hermana campestre de la Jesusa se llama Remedios pero, con esa manía que tienen en su familia de cambiar los nombres, todo el mundo la llama la Reme), el que en esa casa estén las tres hermanas juntas, es algo que ni el propio Hércules podría llegar a superar.
Montamos en el coche, arrancamos, salimos del aparcamiento y ¡Zas! Ya la primera bronca. "Que si esa música no me gusta" "Que si sube la ventana que me despeino" "Que si no puedo entender como puedes fumar con la peste que deja" "Que si tengas cuidado con el cigarro que igual provocas un incendio forestal". Todo esto después de haber recorrido escasamente quinientos metros. Imaginaros como fue el resto del viaje.
En el primer kilómetro ya aparecieron los "¡No corras tanto!" A la altura del kilómetro cinco los "¡Cuidado cuando adelantes!", y cuando llevábamos sólo veinte kilómetros los "Podrías parar que quiero hacer pis" Ya vais imaginado como fue el viaje. Finalmente, y aunque no os lo creáis, llegamos a nuestro destino.
Nada más aparcar el coche se escuchan unos gritos tremendos. Cualquiera que hubiera escuchado esas voces habría pensado que pasaba algo malo. Pero que va, eran simplemente los gritos de alegría de la Reme al ver a sus dos hermanas. Abrazos, besos, más abrazos, más besos, y Rufo y yo detrás de ellas con las maletas (que ya os contaré en otra ocasión la cantidad de cosas que se pueden llevar sólo para un fin de semana).
Dejamos las maletas y tras saludar al Nazario (el marido de la Reme), tanto Rufo como yo pensamos que lo mejor que podíamos hacer era ir a tomar una cerveza los tres machos juntos. Menuda ingenuidad por nuestra parte. Ellas ya tenían planeado que, apenas descargado el coche del equipaje, debíamos desplazarnos hacia el trocito de paraíso campestre propiedad del matrimonio, que yo en mi ignorancia siempre he llamado la huerta, a fin de ir recogiendo provisiones para llevarnos hacia la capital cuando regresáramos.
Ni que decir tiene que ni tiempo a reaccionar tuvimos. Cuando quisimos darnos cuenta ya estábamos en la furgoneta del Nazario dando botes por un camino de arena dirección a aquel jardín del edén. Durante el trayecto las tres hermanas no paraban de hablar y de contarse todas las aventuras que habían vivido desde la noche anterior que hablaron por teléfono.
Llegamos, nos bajamos, y es en ese preciso instante cuando me doy cuenta de cual es mi indumentaria. Os detallo para que os hagáis una idea. Este que os narra estaba vestido con una camiseta de un blanco impoluto, unos pantalones de color azul claro, y unos zapatos italianos de piel (Marttinelli para más señas) Imagino que ya suponéis que no era la vestimenta más apropiada para andar metido entre surcos de tomateras, de pimientos, de patatas y demás maravillas que ofrece la madre naturaleza.
Rufo, en cuanto bajó de la furgoneta, pegó un pequeño vuelo de reconocimiento. En principio él debería de haber dado alguna muestra de felicidad a la vista de tanto verde junto. Pero bueno, ya vais conociendo un poco a Rufo, lo primero que detectó fue un grupo de gallinas, y hacia allí se dirigió volando como un loco. Le veo que aterriza elegante entre el grupo de gallinas y suelta muy ufano "Hola bonitas. Ya ha llegado vuestro gallo". El pobre Rufo ni lo vio venir. Sólo escuchó un ligero aleteo y rodó por el suelo a causa del empellón de un gigantesco gallo negro que pretendía merendárselo, después de hacerle picadillo con sus espolones. Menos mal que Rufo es de reacción rápida y voló hacia un peral que había cerca.
Mientras sucedía esta batalla entre los miembros del reino animal, las tres hermanas se habían puesto manos a la obra en la gloriosa misión de recoger todos los tomates, pepinos y pimientos que fueran dignos de sus delicadas manos. Sin olvidar a las queridísimas berenjenas, y todo ello aderezado por comentarios del estilo "¡Que tomates! ¡Que maravilla de pimientos! Si es que lo que compramos en Madrid no sabe como esto".
Cuando yo pensaba que podría escaquearme de la "misión hortaliza", se escucha la voz de las tres al tiempo, reclamándome para que las ayude en la recogida. La Reme como experta en el tema, corría que se las pelaba. A la zaga la seguía la Jesusa, y en último lugar Pilarín que iba eligiendo uno a uno cada tomate, tras limpiar la mata, retirar las hojitas que estaban marchitas, y quitando toda aquella china que pudiera impedir el buen crecimiento del vegetal. He de deciros que Pilarín es tremendamente metódica (en confianza y sin que salga de aquí, yo prefiero decir que es lenta para aburrir, pero como mujer sensible que es, igual se siente dolida).
Bueno, pues ante las llamadas insistentes de las tres gracias, yo solamente podía oponer mi indumentaria, señalando insistentemente a mis zapatos y a los surcos de tierra que habían sido regados escasamente media hora antes. ¿Creéis que de algo sirvieron mis quejas? Sólo os diré que el lunes mis queridos zapatos hacían compañía a los restos de una ensalada de tomates, a los huesos de varios melocotones, así como a alguna que otra monda de patatas.
Creo que de momento es bastante por hoy, ya os terminaré de relatar como continuó el fin de semana, y como fue la odisea de la vuelta a casa.