La habitación estaba en silencio. Miró por la ventana. Le gustaba observar la tranquilidad de la calle en esas horas previas al amanecer. La madrugada le parecía el mejor momento del día. No se escuchaba nada, todo era quietud, paz. En unas horas la ciudad recuperaría su ritmo frenético.
Era consciente que la vorágine urbana era su principal fuente de inspiración. El mundo, agitándose rápidamente, le aportaba cientos de historias, miles de ideas que más tarde se transformarían en relatos, canciones, poemas.
Giró su cabeza y le observo, dormido. Incluso en sueños, cualquier pensamiento de ella provocaba que él se agitara inquieto, nervioso.
Ahora que le veía dormido, ajeno a todo lo que le rodeaba, pensaba en el momento que le vio por primera vez. Se le notaba tan frágil, tan ingenuo. Estaba lleno de sueños, pero era incapaz de canalizarlos. Sus pensamientos bullían nerviosos. Saltaban inquietos de una idea a otra. Sin centrarse. Incapaces de articularse en una forma coherente.
Ella le eligió. Cuando le vio tan desamparado, tan perdido, sintió que había nacido sólo para él.
Pacientemente, le fue imprimiendo calma. Le hacía persistir en las buenas ideas, dejando de lado aquellas que le llevarían a un callejón sin salida. Pero él no era más que un hombre. Egoísta, pretencioso. Siempre pensó que era su propia genialidad la que le terminó encumbrando hasta las más altas cimas. Ella nunca escuchó una palabra, un gesto, un silencio que supusiera un reconocimiento a su apoyo. Pero tampoco le importó demasiado. Su deseo nunca fue verse reconocida. Ella le había elegido y sabía que no se había equivocado.
Volvió a centrar su mirada en él. Ahora se le notaba más seguro, más maduro, más experimentado.
Le miraba, no podía evitar sentir tristeza. Sabía que aquella sería la última noche que le vería así, dormido. Su tiempo había concluido. Ahora debía dejarle libre. Tenía que volar solo, no podía continuar protegiéndole eternamente.
Sin embargo, deseaba prolongar ese tiempo junto a él. Le miraba y recordaba su primer relato. Todavía podía verle dudando, indeciso. Cuantas veces había roto lo escrito y cuantas veces le había ayudado a recomponerlo. Cuantas veces, llorando de rabia, había querido abandonar el proyecto y ella le consolaba e insuflaba nuevas alas. Luego, cuando la narración avanzaba, le veía pletórico, concentrado. Hubo días en los que se olvidaba de comer, y en la casa sólo se escuchaba el continuo teclear. En aquellos momentos, se veía a si misma mirándole discreta. No movía ni un músculo, no hacía ningún gesto que pudiera romper su concentración.
También cuando llevó aquel relato a la editorial, ella estuvo junto a él. Era el mudo testigo de su ansiedad. Tanto le llegó a conocer que veía sus miedos ocultos bajo una apariencia de falsa indiferencia.
Aquella última madrugada, cerraba los ojos y nuevamente cobraba vida la escena. Rememoraba su cara cuando el editor dijo que el texto sería editado. Notó como su cara se relajaba, liberándose la tensión retenida. Más tarde, de camino a casa, vio que por sus mejillas corrían lagrimas, lagrimas de alegría, de felicidad. Todavía recordaba como, nada más entrar en el apartamento, se enganchó al teléfono. Le veía llamando a su familia, a sus amigos. Haciendo participe a todo el mundo de su alegría. Aquel fue su primer éxito. A ese le fueron sucediendo otros. Su nombre comenzó a ser reconocido. Primero se le calificó de joven promesa, y más tarde, todos los críticos le reconocían como un escritor consagrado. Y siempre, durante todos esos años, ella estuvo a su lado. Callada, sin exigir nada. Ella era quien le había elegido.
El alba iba perfilándose en el horizonte, y ella apuraba sus últimos momentos junto a él. Volvió la cabeza, recorriendo la estancia con la mirada. Sobre la mesa se apilaban los folios del último trabajo. Seguramente sería un nuevo éxito, un nuevo triunfo en la carrera del escritor.
Suavemente, se acercó hasta la cama. Quería retener en su memoria su última imagen. Se inclinó sobre él y le depositó un beso en la frente, mientras su imagen se iba diluyendo con los primeros rayos del sol.
Al despertar se sintió inquieto, nervioso. Había tenido un extraño sueño. Miró su habitación y todo continuaba igual. Su última novela yacía sobre la mesa, preparada para ser llevada al editor. Su mirada buscaba algo anómalo. Una sensación de intranquilidad le tenía atenazado por dentro, y todo por un sueño. Agitó la cabeza varias veces para desechar aquella extraña idea. Una idea que no le abandonaba desde que despertó. Era extraño, pero había soñado que su musa le había abandonado.