Si alguien le hubiera preguntado alguna vez que era lo que más odiaba en el mundo, probablemente no hubiera tardado en contestar más allá de unos breves segundos: "LOS AEROPUERTOS".
Desde siempre, bueno quizás decir desde siempre es un poco exagerado, pero desde hacía ya bastante tiempo había odiado los aeropuertos. Le desagradaban sus diseños, pensados para que el pasajero se sintiera perdido. Odiaba su fría funcionalidad, que evitaba que las personas se encontraran cómodas. También odiaba la lejanía de las ciudades. Era imposible llegar a un aeropuerto de una forma sencilla. Pero, aunque odiaba todas estas cosas, ellas jamás podrían superar a que él las asociaba a las despedidas.
Claro que sabía que existían muchos otros lugares donde la gente se despedía. Estaciones de tren, paradas de autobuses; puertos. Cualquier lugar donde un ser humano se aleja de otro, es un lugar de despedida. Sin embargo, cualquiera de las otras opciones siempre le evocaban viajes pausados, tranquilos, donde el viajero disponía de tiempo. Si le hubieran preguntado cual era la opción que más le gustaba, hubiera respondido que el tren. En su memoria siempre se mezclaban sus recuerdos de largos viajes en ferrocarril. Viajes donde la gente se va conociendo poco a poco. Donde los paisajes discurren lentos, pausados, como si quisieran impregnar las retinas del viajero.
El viaje en barco iba unido a esas travesías que podían durar semanas, donde había tiempo para convivir con la gente que te acompañaba. Incluso los viajes en autobús te ponían en contacto con otras personas. Esas paradas, normalmente en lugares llenos de atractivo y de encanto; o en su defecto en lugares tan "cutres", que precisamente su propia cutrería los hacía atractivos, se convertían en el sitio perfecto para entablar una charla, trivial, superflua, pero cálida y humana.
Pero el avión no. El avión quitaba todo el encanto al viaje. Aquello no era viajar, aquello era introducir la prisa, introducir el ansia por llegar frente a la belleza de viajar; el viaje perdía todo su sentido, solo era importante el tiempo y el destino.
Las salas de los aeropuertos eran frías, funcionales, hechas para ser consumidas rápidamente. Todo estaba pensado para la premura. Incluso aquellas cintas transportadoras, no estaban pensadas para dejarse llevar. No, estaban pensadas para ir más rápido todavía. No quedaba en ningún rincón de los aeropuertos ni una ápice de humanidad. Y lo peor de todo; lo más horrible que podía pasarle a una persona como él, era que tenía que pasar demasiado tiempo en los aeropuertos.
Si entraba solo, siempre se encontraba perdido. Ponía una cara en la que podía leerse claramente ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? En muchas ocasiones incluso se habían llegado a acercar a él esos auxiliares, siempre con "cara de buenos chicos", y que parecen una parte más del mobiliario, y le habían preguntado "Perdone señor, parece usted perdido ¿Puedo ayudarle en alguna cosa?".
Si hubieran sabido la de veces que había estado en aeropuertos como aquel, la cantidad de aviones que había debido coger a lo largo de los años, probablemente le hubieran mirado con cara de pocos amigos, y hubieran pensado: "menudo imbécil es el tío este. Ya va siendo hora de que sepa moverse por los aeropuertos". Pero claro, él siempre sonreía y muy apresurado enseñaba su billete. Tras un rápido vistazo por parte del auxiliar, y después de una sonrisa que les llenaba toda la cara, le guiaban por los pasillos, para terminar depositándole en la puerta de embarque, mientras que con una mirada cómplice hacia la compañera o compañero del otro lado, solían hacer ese comentario paternalista: "Ve usted, al final hemos llegado. Es grande esto ¿verdad?".
En su fuero interno se quedaba con las ganas de contestar con ironía, pero al final siempre pensaba que ellos no tenían la culpa de su fobia hacia los aeropuertos, y tampoco iba a dar ningún tipo de explicación. Por eso, al final se limitaba a sonreír y a entregar su tarjeta de embarque.
Siempre se había repetido ese esquema, y la verdad era que esa sensación de sentirse como un tonto, era también parte del motivo por el que odiaba los aeropuertos. Pero claro, como en toda buena historia que se precie, eso tuvo un día en el que cambió.
No recordaba ni a donde se dirigía, ni de donde venía. Sólo sabía que llegó a aquel aeropuerto, como resultado de una parada intermedia. El avión necesitaba repostar combustible y recoger nuevos viajeros. A los pocos minutos de tomar tierra, el comandante anunció que no podían despegar debido a la fuerte tormenta de nieve que se había desatado.
Realmente no hubiera hecho falta el mensaje del comandante. Desde su ventanilla ya había visto como se arremolinaban los copos de nieve alrededor del avión, y lo peor de todo era que cuando estaban aterrizando, pudo observar los grandes montículos blancos que crecían a los lados de la pista.
Cuando llegó a la terminal, lo primero que observó fue la cantidad de gente que ocupaba la sala de espera. No se permitía ningún vuelo mientras la tormenta durase. Por megafonía anunciaban que esperaban que la tormenta pasara rápidamente, mientras que solicitaban al pasaje que se tranquilizara..
Él recogió su bolsa de mano y buscó con la mirada algún sitio donde poder tomar un café tranquilamente. Llevaba un libro y decidió que la mejor forma de pasar el rato era leer y armarse de paciencia. Cuando se sentó en aquella mesa, miró a través del ventanal. Podía ver la pista cubierta de nieve y como la tormenta azotaba muy fuerte sobre los cristales.
Según miraba por aquella ventana, algo en el reflejo del cristal llamó su atención. Por uno de los lados se veía a una persona caminando hacia la barra de la cafetería. Giró la cabeza y observo como se acercaba. Desde donde estaba no podía escuchar lo que pedía, aunque rápidamente se dio cuenta de que pedía un refresco de cola. Lo recogió y buscó una mesa donde sentarse. Todo el espacio del local estaba lleno a rebosar; había que tener en cuenta que eran muchos los aviones que habían sido obligados a permanecer en tierra; por eso, ella, tras un rápido vistazo, giró sobre si misma y se acomodó en la barra.
La verdad es que no sabía que impulso extraño le hizo levantarse. Acercarse hasta donde ella estaba y saludarla. "Hola, perdona, ¿hablas mi idioma?". Menuda pregunta más ridícula. Con lo sencillo que hubiera sido quedarse en el hola. Pero claro, pensó que en aquél aeropuerto, ella podía venir de cualquier sitio. Ella, antes de contestar, le miró y sonrió; "Sí, soy española, ¿Querías algo?". Se quedó allí pasmado, en silencio. Su sonrisa había logrado hipnotizarle. "Perdona ¿Querías algo?" Volvió a repetir ella "Sí, es que he visto que no tenías donde sentarte, y como no sé si va a durar mucho la espera, pues he pensado que igual te apetecía sentarte en mi mesa".
Todo de golpe. Soltó todo de sopetón, como si pensara que una pausa en la frase podría provocar que ella mirara hacia otro lado, o simplemente se apartara de la barra y se fuera. Pero no, frente a todo pronostico, ella volvió a sonreír y le acompañó a su mesa.
Después de las presentaciones oportunas, comenzaron a mantener una conversación completamente trivial, del tipo "¿Hacia donde vas?... Pues que faena esto del mal tiempo", y frases por el estilo.
Poco a poco, se dio cuenta que, allí estaba, contándole muchas cosas de su vida a una desconocida. A alguien que había conocido gracias al reflejo de un cristal. Aunque, también era cierto que sentía que aquella era la persona a la que quería contar aquellas cosas. Como era su trabajo, porque no le gustaban los aeropuertos, ni los aviones. Terminó hablando de su familia, de sus amigos, de sus gustos, de sus aficiones. La conversación seguía y seguía interminable, y mientras que hablaba, ella sonreía. Sonreía con la boca, con los ojos, con sus gestos; y él se encontraba atrapado en aquella sonrisa.
En aquel momento requirieron la atención del pasaje por los altavoces. La tormenta iba en aumento, se suponía que antes de unas horas sería imposible que ningún avión despegara. Ese tipo de anuncio le hubiera cabreado en cualquier otra circunstancia, pero ahora le pareció que por primera vez los dioses, esos dioses de los que él se burlaba tan a menudo, habían decidido ser agradables, y permitir que aquel momento se prolongara.
Abandonaron el bar y comenzaron a pasear por el aeropuerto. Iban de una sala a otra buscando un lugar donde poder sentarse y charlar, un lugar donde no tuvieran que alzar la voz para hacerse oír sobre el estruendo de las demás conversaciones. Iban de un sitio a otro y en todas partes encontraban multitud de gente. Voces, gritos, discusiones. Todo el mundo tenía prisa por que sus aviones despegaran. Mientras que aquello ocurría, ella simplemente sonreía, y le decía "Venga sigamos buscando. Verás como encontramos un sitio donde podamos estar más tranquilos. Imagínate que vamos de exploración".
Tras recorrer varios pasillos, encontraron una puerta entreabierta. Al fondo de la misma una sala con pequeños sillones. Cuando cruzaron la puerta, vieron con sorpresa que en aquella sala no había nadie. "Has visto", dijo ella, "al final hemos encontrado un sitio donde podremos estar tranquilos, y sin voces".
Se sentaron y continuaron hablando y hablando sin parar; ella le contaba cosas de su trabajo. Como era su jefe, sus compañeros, su trabajo. Le contaba cosas de su vida. Como se casó muy joven, cuanto quería a sus padres y a su abuelo.
Si alguien hubiera podido observar aquella conversación, le hubiera parecido imposible pensar que eran personas que momentos antes ni siquiera sabían que existían; era imposible pensar que se habían conocido hacía tan poco tiempo.
Una anécdota siguió a otra, una broma a otra, y casi sin darse cuenta, se encontró besándola, fue un beso tierno, cálido; un beso al que él sabía que ella iba a corresponder. Ella simplemente se dejó llevar por aquel beso. Se abrazaron con fuerza. Sentían que siempre se habían estado buscando, y al final, en aquel aeropuerto, se reconocieron el uno al otro. Ya no hablaban, solo sus miradas hablaban por ellos.
Fue entonces cuando ocurrió. Los altavoces comenzaron a anunciar que se reanudaba el servicio. Se solicitaba a los viajeros que fueran hacia sus respectivas puertas de embarque. Ella le miró a los ojos, sonrió y tomándole de la mano dijo "Vamos, creo que tenemos que irnos". Él no supo que contestar, fue tras ella, cuando llegaron frente a las puertas, ella depositó un tierno beso en sus labios y le dijo: "Bueno, a mi me gustan muchos los aviones, y yo pienso que querer es poder...".
Desde ese día, ya no odia a los aeropuertos como antes. Sí que es verdad que no ha podido quitarse esa expresión pueblerina cada vez que entra en uno de ellos. Todavía siguen asaltándole los auxiliares y claro, él se deja guiar hasta la puerta de embarque. Aunque ahora, cuando vuelve la cabeza y busca con la mirada, ante ese comentario de "Es grande esto verdad", ellos no saben que él solo busca una cosa, una sonrisa que le cautivo una vez, y a su propietaria que le dijo que le encantaban los aviones.