Peregrino de las estrellas

martes, 04 de julio de 2006

Hacía más de cuarenta años que no visitaba su antiguo barrio. La verdad era que cuando se paraba a pensar el motivo por el que no había ido antes, no encontraba una respuesta lo bastante clara. No era porque la distancia entre aquel barrio y su residencia actual fuera excesiva. Incluso, todas las mañanas, cuando se dirigía a su trabajo, pasaba lo suficientemente cerca como para poder haber bajado del autobús y haberse acercado hasta allí en un corto paseo. Un día había ido dejando pasar a otro y así, sucesivamente, el tiempo había ido discurriendo.
El tiempo, siempre el maldito tiempo. A veces era la falta de ese elemento lo que le impidió hacer muchas cosas, otras por exceso del mismo, iba dilatando el viaje. Cuantas veces se había escuchado a si mismo decir "Bueno, mañana también podré acercarme". Sea como fuere, la cuestión es que habían pasado más de cuarenta años desde su última visita.
Cuando encaminaba sus pasos hasta su viejo barrio, revivía su infancia, un pasado lleno de recuerdos y de nostalgias. Unos recuerdos deformados, porque siempre deformamos nuestro propio pasado. Nadie es capaz de escapar a esta tendencia natural. Magnificamos algunos hechos que tuvieron poca trascendencia y, por el contrario, trivializamos otros que marcaron nuestro futuro y condicionaron nuestras elecciones.
Caminaba por la ancha avenida que le llevaba hasta su calle. Una avenida por la que había pasado cientos de veces, con sus padres, con su abuela, con la que compartía muchos momentos íntimos. Más tarde con sus amigos, empujándose y riendo como corresponde a unos críos.
Primero se topa con la tapia de su antiguo colegio. Satisfecho, observa que todavía mantiene su actividad docente, aunque ha cambiado su viejo nombre "Grupo escolar nº ..." por el más actual de "Colegio Público..."
Se detiene ante la verja y vuelca su mirada hacia el gran patio. Ya no existen aquellos mástiles donde ondeaban las banderas. La de España, con el águila imperial en el centro, junto a la de la Falange. Allí, entorno a las banderas, se reunía toda la chiquillería para cantar antes de entrar en clase. Allí también era donde se repartía la leche, leche regalo de los americanos para los niños españoles. En su lugar, si su memoria no le juega una mala pasada, se ha colocado un pequeño "corralito", donde juegan los niños más pequeños. Un extraño espacio limitado, en cuyo interior unos juegos infantiles esperan pacientes la llegada de sus legítimos dueños. Al centrar su mirada sobre aquella parcela cercada en el interior del gran patio, no pudo dejar de pensar en aquella España de su infancia, una España, que al igual que el área de juegos, también estaba cercada en el gran patio europeo. "Lastima que no tuviéramos juegos dentro del corralito"...
Continuó bajando por la gran avenida. Junto al colegio, la valla del asilo de ancianos.
Asilo de anciano, así era como se denominaba. Sonreía al pensar como cambiaba el nombre de las cosas. Antes era "asilo" lo que hoy es "residencia". Cambian las palabras, pero no cambia el sentido que encierran. Hoy lo adornamos, y ¿por qué no? También lo frivolizamos. Cuantas veces había escuchado, "Es una residencia preciosa. Mi padre está genial, comparte habitación con gente de su edad y allí esta de maravilla". Lastima que esa misma opinión nunca salga de la boca del anciano.
Recordaba, que de niño, jugaba con sus amigos a acercarse a la valla del asilo y mirar a los viejos que tomaban el sol. Cuando alguno les descubría, y les miraba fijamente, corrían rápidamente a escabullirse. Sí, tenían miedo a aquellos viejos arrugados, de mirada triste, que pasaban sus ratos al sol. Hoy sonríe al recordarlo. ¡Que extraños son los miedos infantiles! Aquellos pobres ancianos, probablemente estaban sumidos en sus recuerdos, igual que él hoy cuando pasa la mano por la vieja verja. Sin apenas darse cuenta de su propio gesto, busca con la mirada algún niño que pueda estar observándole. Quiere descubrir si es miedo, o simplemente curiosidad lo que se esconde tras sus ojos. Sin embargo, hoy no hay ningún niño que vigile a los ancianos. Ni siquiera hay ancianos en aquel viejo edificio. Hoy, el Ayuntamiento ha instalado en el inmueble las dependencias de atención a los inmigrantes.
Atención al inmigrante. Es irónico, las funciones parecen transformarse, aunque si uno se detiene a pensarlo, es como si hubiera una mano mágica escondida que jugara con el destino de las cosas. Atención al inmigrante. ¿Acaso no se sentían igual de desplazados aquellos viejos que, retirados de sus casas como trastos inútiles, eran alojados en aquel edificio?
¡Cómo cambian las cosas! Mientras miraba aquella vieja construcción, recordaba a su abuela. Cuantas veces le había contado historias de la guerra. Historias de un Madrid sitiado, donde la gente trataba de vivir día a día. Aquel viejo asilo había sido testigo de grandes tragedias. En sus tapias habían muerto gentes de los dos bandos. Primero, durante la guerra, fueron los llamados "agentes fascistas" los que perdieron la vida ante sus muros. Después, acabada la contienda, eran los "peligrosos rojos" los que dejaron su rastro de sangre sobre aquellas piedras.
Una vieja historia saltó a su memoria. Su abuela siempre la contaba cuando pasaban ante aquella verja. En aquel relato, el protagonista era su abuelo, un abuelo que nunca llegó a conocer, ya que murió unos años antes de su nacimiento.
La historia en cuestión, contada siempre en tono de humor, aunque quizá ese tono de humor no era más que una distorsión de su memoria infantil, trataba de una noche en la que su abuelo regresaba de cavar trincheras en el frente. Era tarde, y el abuelo, junto a otros compañeros, volvía a su casa tras un día entero en la Ciudad Universitaria, aguantando los tiros y cañonazos que sufría el Madrid asediado. Al pasar junto a la tapia del asilo, observó que un camión había entrado en el patio. Al mirar hacia allí, vio como el camión volcaba en el suelo un gran montón de ropa.
El abuelo que siempre, según palabras de la abuela, fue un ingenuo, pensó en la posibilidad de conseguir algunos monos de trabajo en aquel montón tan tremendo, y así se lo hizo saber a sus compañeros. Todos estuvieron de acuerdo y esperaron pacientemente que el camión se retirara. Cuando el vehículo hubo salido, saltaron la verja y se dirigieron hasta el montón de ropa. La sorpresa fue mayúscula cuando vieron que, lo que habían confundido con ropa vieja amontonada, no era otra cosa que cuerpos de milicianos, retirados del frente y depositados allí hasta que llegara un brigada que los iría identificando, para después darlos sepultura.
Aquella historia incitaba su imaginación infantil. Veía los cuerpos amontonados, y a su abuelo y sus amigos con cara de susto ante los muertos, muertos que dicho sea de paso, en su imaginación, nunca estaban ensangrentados. Eran cuerpos caídos "pulcramente", como si hubieran sido colocados allí sólo con el único fin de asustar a su abuelo y a sus amigos.
Cuando acabó la guerra fue en el asilo donde se instaló el centro de detenidos del barrio. Hasta allí eran llevados los presos republicanos que se hacinaban en los pasillos y en los patios. Hombres derrotados, hombres que no sólo habían perdido una guerra, también habían perdido la ilusión. La abuela, siempre que recordaba aquello, no podía evitar que un velo de tristeza le cubriera la mirada. Recordaba que siempre solía exclamar "Pobrecillos, tumbados en el suelo, como si fueran perros. Y la mayoría eran unos niños. La quinta del chupete la llamaban..."
Fue dejando atrás la verja del asilo, y continuó por la avenida. A un lado se abría la calle donde había nacido. Cerca de la esquina estaba la casa donde nació. Sí, él había nacido en su casa, como Dios manda, con una matrona atendiendo a su madre. Al acercarse hasta el portal, y ver las ventanas, recordaba lo que siempre le contaba su padre:
"Tú naciste en casa. Menuda nochecita tuvimos, por que naciste de madrugada. ¡Ah! ¿Sabes lo primero que hice cuando naciste? Llamé al sereno, que era conocido nuestro, y a voces, desde la reja de la ventana, te enseñé todo orgulloso. ¡Matías, que ha sido un chico...!"
Curiosamente no conservaba ningún recuerdo de aquella casa. Las únicas vivencias eran fruto de historias posteriores narradas por su madre.
Su memoria infantil arrancaba del edificio donde se trasladaron un par de años después de su nacimiento. Estaba situado en la avenida, unos portales más abajo del cruce con la calle de su nacimiento. Allí era donde siempre había vivido su madre, donde, todavía aún vivía su abuela, y allí fue donde se trasladó la familia.
La casa era pequeña, por ese motivo, cuando nació su hermano, se trasladó a vivir a la planta superior, al piso donde vivía su abuela.
Los recuerdos le asaltaban según se iba acercando hasta el portal. La numeración había cambiado, también la puerta de acceso, en otro tiempo de recia madera, había sido sustituida por una moderna puerta de aluminio. La imagen de su memoria le presentaba una puerta siempre abierta. Una puerta que invitaba al visitante a cruzar su umbral. Aquellas viejas puertas de su infancia, habían dejado paso a cancelas controladas por mecanismos electrónicos. Aquellos pasos siempre francos, ahora se presentaban como barreras infranqueables.
Deseaba entrar en su viejo portal, deseaba volver a recorrer el añorado largo pasillo que le llevaría hasta su casa. Quería nuevamente volver a acariciar el pasamanos, con aquellos añejos barrotes de hierro de su infancia. Pero también tenía miedo, tenía miedo de que sus recuerdos, sus imágenes infantiles, no existieran. Sabía que cuando cruzara aquel umbral, se encontraría ante un espacio desconocido. El sentido común le avisaba que, con el paso del tiempo, también se habría remodelado el interior de la escalera. Era lógico pensar que, si la vieja puerta de madera había sido sustituida, también se habrían remodelado los escalones, la barandilla, incluso las puertas de acceso a los domicilios tenían que ser distintas. Seguramente ya no existirían aquellos ventanucos, siempre abiertos, que permitían introducir la mano y abrir la puerta, que nunca tenía la llave echada.
Mientras estaba allí parado, su mirada se dirigió hacia la calle que había más abajo. Allí, en la esquina con la avenida, siempre estuvo el kiosco de chucherías, el kiosco del señor Miguel, un hombre que en su memoria aparecía siempre pequeño, encogido, como si tuviera miedo a asomarse al mundo, como si todo su espacio se concentrara dentro de aquel kiosco de madera. Recordaba los chicles, los caramelos y el resto del género que hacía las delicias de toda la chiquillería.
Al final de la calle estaba la plaza. Cuando se acercó hasta allí tuvo la sensación de que el espacio había encogido. Su memoria la hacía grandísima, un lugar donde siempre existía el riesgo de perderse. Sin embargo, con sus ojos de hoy, el lugar era reducido, incluso podría calificársela de pequeña. Estaba seguro que no era ella quien había reducido su tamaño, era él quien había crecido, y el cambio del punto de vista transformaba su recuerdo. Con la mirada buscaba a las madres, que como la suya en otro tiempo, mantuvieran una animada tertulia mientras que sus hijos correteaban. Pero no había ninguna madre, aquella plaza, su plaza, ahora era tierra de adolescentes que compartían su espacio con grupos de inmigrantes que ofrecían, sobre un trapo cualquiera, su mercancía de música y películas pirateadas.
Sabía que más allá, continuando la avenida varias calles, y tomando un desvío hacia la derecha, llegaría hasta el mercado, el viejo mercado donde siempre iba su abuela. Cada vez que volvía, cargada con la bolsa de la compra, él esperaba ansioso, por que ella siempre le traía un indio o un vaquero de plástico. Eran sencillos juguetes que vendían las gitanas a la puerta del mercado. De color uniforme, disfrutaba de niño poniéndolos todos en formación en el pasillo, e inventando grandes batallas entre indios y vaqueros, donde la victoria se alternaba entre un bando u otro, en función de la puntería con que arrojaba las canicas.
Parado en la avenida, volvió su mirada hacia el portal; luego giro buscando la dirección del viejo mercado. Miraba y remiraba su viejo barrio, buscando rincones, pequeños espacios de su niñez. De nuevo con paso decidido se encamino hacia el portal. Acercó su mano hasta el portero automático, y buscó el piso. Cuando su dedo estaba junto al botón, se detuvo. Retiró lentamente la mano, y con un profundo suspiro, se fue alejando del portal.
Mientras subía por la amplia avenida, iba pensando "Hoy ya no tengo tiempo, pero seguro que otro día podré volver y subiré hasta mi casa..."

COMENTARIOS

jueves, 06 de julio de 2006

Por Scheherazade @ 0:18


Me he sentido identificada. Toda mi adolescencia fue aquí donde vivo ahora. Pero mi niñez donde nací, me hace como tu volver y he intentar recordar eso rincones vivos en mi memoria esos en los que regreso a ser niña y me hacen experimentar momentos deliciosos, pero a la vez agridulces...

Ummm...esos besos con olor a leche templada...Aishhh...

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Por Invitado @ 21:51


que opinamos de las personas que se hacen dañoLlorando aquellas que se cortan asi mismas y que creen que el mal es una gran diversion, tienen mentes corrompidas y deliran con matar asi sea al perro de la casa, esto puede ser algo serio, pero yo admito ser una de esas personas y me gusta. mi familia es catolica Angelitoy yo les dque soy catolica me encanta golpearme, y no estoy loca, porque estoy conciente de lo que hago ¿ALGUNO DE USTEDES LE GUSTA MASTURBARSE MIENTRAS SE CORTAN Y ESCUCHAN ALGO DE MARILYN MANSON?Demonio

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Por tatiany @ 22:04


HOLA les quiero hablar a aquellas personas que se hacen daño asi mismas que se costan,golpean o hasta se queman por un dolor interminable ¿que quien sabe de dondre vendra?Llorica pero nos hace sufrir. Si tu eres una de esas personas que deliran con matar a alguien a si sea el perro de la casa y te diviertes viendoa los demas cayendo al lado oscuro porque crees que si el se corrompe te acompañara en hacer malos actos te Demoniodire que no estan solods PUES YO soy una de ellas. ¿algunos de ustedes se a cortado mientras se masturba escuchando algo de marilin manson?
O VENGO DE UNA FAMILIA CATOLICA PERO YO LES DIGO sAtAn LoS cUlEaArdiendo y que me perdonen pero soy amadora de la violencia y corrupcion. tengo 15 años y digo VIVA LA GENERACION VIOLENTA ¿quien esta con migo? y por si acaso este es mi emeil: invasorenjyununk_feliz@hotmail.com