Peregrino de las estrellas

sábado, 01 de julio de 2006

Hace algún tiempo había un pequeño pez que vivía en una pecera. Cada día, cuando se despertaba, lo primero que hacía era recorrer todos los rincones de su pecera. Miraba detrás de cada piedra, detrás de cada planta; se acercaba al pequeño cofre que había en el fondo y del que salían aquellas burbujas tan graciosas. También miraba y remiraba a ese buzo de juguete que subía y bajaba incansablemente, confiando que algún día detendría su movimiento y le hablaría.
Siempre, a la misma hora, veía una gran cara que se acercaba al cristal de su pecera, y al poco tiempo comenzaban a caer sobre el agua pequeños trozos de comida, que el pez se dedicaba a degustar tranquilamente y con placer. Después de comer, nuevamente revisaba cada piedra, cada planta, el viejo cofre y al buzo. En su pequeña mente siempre soñaba con la posibilidad de vivir alguna aventura, algo que le sacara de aquella rutina que era su pecera; aquella monótona rutina que día tras día le iba haciendo sentirse cada vez más triste y cada vez más vacío.
Desde su pecera veía un extraño mundo, lleno de seres gigantescos, lleno de ruidos, lleno de color; y para el pequeño pez, lleno de aventuras, y todos los días cuando miraba sus piedras y plantas, soñaba que ese mundo se introducía en su pecera, que aquél buzo de juguete se convertía en un ser gigantesco con el que el luchaba y al que siempre vencía. También imaginaba que aquel cofre, en lugar de pequeñas burbujas, iba dejando escapar de su interior otros pequeños peces como él, con los que podía jugar y reír. Todas las noches soñaba con que su mundo crecía y crecía y se hacía interminable, y él lo exploraba, nadando continuamente sin ver el fin. Y cuando soñaba así siempre sonreía.
Un cierto día, un día que necesariamente no tenía por qué haber sido diferente del resto de sus días, vio como aquella cara gigantesca le miraba fijamente. Rápidamente comenzó a nadar esperando que el alimento iniciara su lento descenso. Tras un tiempo se dio cuenta que no había nada en la superficie. Al instante siguiente comenzó a notar que su mundo se movía, que toda el agua se agitaba de un lado para otro, y pudo ver como dos grandes manos levantaban su mundo por los aires.
Tras un agitado viaje, en el que el agua a veces se escapaba de su mundo, y en el que el miedo había ido atenazando a nuestro pequeño pez, notó como su mundo se iba inclinando poco a poco y como el agua iba abandonado su pecera. Intentó con todas sus fuerzas nadar en contra de esa corriente que lo sacaba de su mundo, incluso se sujetaba a las pequeñas rocas, al cofre o al buzo, pero ellos también iban resbalando, y sin poderlo evitar se vio cayendo por el aire. Después de un tiempo que le pareció eterno, su pequeño cuerpo golpeó contra una gran masa de agua. Un poco aturdido miró a su alrededor y vio como su pequeña pecera se había convertido en un gran espacio. Él no lo sabía todavía pero se encontraba en el mar.
La primera sensación que tuvo fue de frío. El agua no estaba a una temperatura estable como en su pecera. En este nuevo mundo dependía de donde se situara para que el agua cambiara rápidamente de temperatura. El pobre pez desconocía todo lo referente a corrientes de agua y profundidades. Tras el lógico temor inicial, comenzó a nadar. Al principio con cierto sigilo y más tarde con soltura y rapidez. Nadaba y mira con sus ojos muy abiertos todo lo nuevo que había en aquél mundo; descubría nuevas plantas, nuevas rocas. Alguna vez le pareció vislumbrar a lo lejos otros peces como él, pero cuando se intentaba acercar ellos ya no estaban allí.
Pasados esos momentos de euforia, comenzó a sentir hambre. Nadó hacia la superficie esperando que de un momento a otro apareciera aquella cara enorme y dejara caer sobre el agua su alimento. Esperó y esperó pero no veía que nada parecido a comida llegará hasta donde él estaba. Con un hambre cada vez más feroz, se animó a mordisquear una pequeña planta que había cerca de allí. Su sabor no era demasiado agradable, y le costaba auténticos esfuerzos poder arrancar pequeños pedazos de la planta. Lo peor de todo fue cuando comenzaron los retortijones. El pobre pez no podía saber que aquella planta no era precisamente beneficiosa para su organismo, y que normalmente era utilizada por los otros peces como purgante.
La primera noche en aquel gran mar fue horrible. Cuando comenzó a oscurecer las sombras se fueron haciendo cada vez más impenetrables, no sabía donde esconderse, cada vez que nadaba hacia un hueco entre las rocas le parecía ver unos ojos que desde la profundidad del agujero le miraban. Entonces, presa del pánico, nadaba rápidamente alejándose de aquel lugar.
Cansado y muy débil vio como las luces del amanecer iban atravesando lentamente la superficie del agua. A lo lejos pudo ver una silueta que nada muy ágil hacia donde él estaba, era un gran pez, un bello pez solitario. Su tamaño era enorme, incluso mucho mayor que aquella cara que todos los días se asomaba a su pecera. Con timidez se escondió entre unas plantas y desde allí pudo ver una piel. Vio como aquel pez se acercaba sin ningún temor a los huecos de las rocas, como introducía su hocico en ellos sin ningún miedo. No podía evitarlo, nuestro pequeño pez se sintió cautivado por aquel animal, se sintió atraído por su belleza, por su fuerza.
Pensó "yo quiero ser como él, quiero ser fuerte y no tener miedo. Seguro que un ser como ese me protegerá". Despacio comenzó a moverse. Con sus primeros movimientos atrajo la atención del gran pez, quien, con movimientos majestuosos se fue acercando hasta las plantas donde estaba escondido nuestro pequeño pez.
El tiburón, tal era la especie a la que pertenecía aquel señor de los océanos, le miró calibrando si aquel bocado merecía la pena. Las anémonas entre las que se había escondido le protegían del ataque de aquel depredador, pero eso nuestro pececillo no lo sabía.
Desde el interior de las plantas, y con un pequeño hilo de voz, se dirigió al tiburón. Le pedía ayuda y le explicaba sus temores, su desconocimiento del mundo en el que se encontraba. Le dijo que tenía hambre y sueño, que le gustaría que le hiciera de guía y protector hasta que encontrara nuevamente su pecera, su mundo. Todo aquello le decía el pequeño pez con los ojos arrebatados de lagrimas.
El tiburón miró al pececillo y con un ligero gesto de su aleta le invitó a ir con él. Cuando el pez se acercó al tiburón quedó impresionado por su sonrisa, era una sonrisa tan agradable, tan cautivadora, era una sonrisa tan cálida, tan llena de cariño.
Ni siquiera se enteró cuando las fauces del tiburón cayeron sobre él. No sintió dolor; paso de estar vivo a estar muerto en tan solo una fracción de segundo. Simplemente era una nueva víctima de un tiburón.


Aunque os haya podido parecer una historia un poco triste, en el fondo hay que sacar el lado positivo de todo. Al menos aquél pez lo intentó, y al menos durante un pequeño tiempo llegó a ser feliz, nadó y tuvo consciencia de que el mundo no acababa en una pared de cristal. Lo único que nadie le había dicho es que hay que estar preparado para enfrentarse a ese mundo, y que a veces hay que saber reconocer a los tiburones y evitar su sonrisa, aunque sea cautivadora.

COMENTARIOS

sábado, 01 de julio de 2006

Por Scheherazade @ 1:10


Dios me libre de las aguas mansas que de las bravas ya me libro yo....

Bueno tambien hay que decir que este refran lo cambie un poco..Aishhh...que mala:] "librame de la corriente que de la calma ya me libro yo" Sonrisa


Hoy mi mejor sonrisa es para ti

sábado, 01 de julio de 2006

Por Darrell_Standing @ 1:16


Y yo la recojo encantado, que no todos los días tiene uno una sonrisa.
Un beso Darrell Standing

domingo, 02 de julio de 2006

Por Vvanadis @ 13:19


Yo añadiría que hay que tener cuidado con lo que se desea, porque a veces puede cumplirse. Guiño

domingo, 02 de julio de 2006

Por dificil_olvidarme @ 21:12


Siempre fuiste un tiburón de sonrisa cautivadora. Espero que no embauces a nadie más.
Adios, d