Hace unos días andaba yo sin saber muy bien en que ocupar mi tiempo, cuando, de repente, fijé la mirada en un libro que había en la estantería. Era aquél un ejemplar, en el que mediante una serie de fotografías se nos iba narrando la vida en España hasta el final del siglo XX. De pronto, aparece frente a mi vista una vieja instantánea de la playa de Torremolinos fechada en 1950. Allí se encontraban retratados un grupo de jóvenes bañistas muy sonrientes con su traje de baño.
Como la fotografía era en blanco y negro, no se podían apreciar los colores de aquellos trajes de baño, sin embargo, sí que era visible y totalmente reconocible el modelo. Como era de esperar la mayor parte de las anatomías femeninas se encontraban cubiertas por la tela, y todas lucían una pequeña faldita, que digo yo, sería para disimular las formas redondeadas de los culos de las jovencitas.
El cuadro estaba compuesto por tres muchachas de sonrisa espléndida, que ostentaban unos peinados perfectamente elaborados. Junto a ellas nos encontrábamos con tres jóvenes muchachotes, tan sonrientes y tan repeinados como sus bellas damas. Dos de los chicos exhibían un bañador de cuerpo entero adornado por rayas verticales; bueno, exactamente entero no; en su parte inferior llegaba a cubrir hasta la altura de las rodillas, eso sí, el torso estaba completamente tapado. Por su parte, el tercero de aquellos chavalotes, quizá por ser el más osado del grupo, estaba equipado con un calzón de baño, que en confianza y entre nosotros, pienso que hoy no desentonaría del todo en cualquiera de nuestras playas.
Mientras contemplaba aquella imagen, mi mente no podía evitar pensar en aquella moral puritana que imperaba en la España de aquella época, y que gastaba muchas energías en impedir que la gente pudiera mostrar sus anatomías con mayor alegría. Fue en aquél momento cuando caí en la cuenta de que aquel retrato estaba mostrando a la juventud mas puntera del momento, ya que si uno se olvidaba de aquellos seis elementos principales, y fijaba su mirada en el resto de la fotografía, se podían apreciar al fondo, algún que otro "bañista" representante del grueso de la sociedad. Se adivinaba alguna señora, ya superada la barrera de la cuarentena, con los vestidos ligeramente remangados y remojándose los pies.
Continué pasando páginas de aquél libro y, cual no sería mi sorpresa cuando alcancé el año 1999. Ante mis ojos volvía a aparecer la playa de Torremolinos con un nuevo de grupo de jóvenes. Mi perspicacia natural me llevó rápidamente a darme cuenta de las diferencias que había entre los dos retratos. La primera de ellas era que aún coincidiendo en el número, en esta ocasión estaba formado por cuatro chicas y dos chicos; la segunda diferencia saltaba a la vista, ya que aunque también estas muchachas lucían unas sonrisas espléndidas, todas llevaban descubierta la parte superior de su anatomía.
Seguí con mi investigación, aunque he de reconocer que me detuve un poco más de lo necesario en la segunda diferencia. Enseguida vi que la parte inferior de sus bellos cuerpos estaba equipada por unos minitangas que, juro que si una de ellas no hubiera llevado los dedos pulgares introducidos en aquella pequeña tira, hubiera afirmado sin dudar que eran pintados.
Tras esta observación, podéis suponer que deje de perder el tiempo en jugar a las diferencias, y me deleite contemplando aquella imagen. Las cuatro bellezas tenían el cuerpo bronceado por un moreno espectacular, los pechos turgentes, las caderas... ¡Dios mío, que caderas! Pero bueno continuaré con mi historia que me veo divagando.
A ambos lados de aquellas divinas mujeres estaban colocados dos muchachotes, que todo hay que decirlo, estaban dotados de unos pectorales y unos abdominales que parecían de diseño. Al igual que las chicas, estaban equipados con unos tangas que apenas lograban cubrir aquello con lo que la madre naturaleza les había dotado.
Evidentemente el contraste de aquellas dos imágenes me hizo reflexionar, aunque he de confesar que solo lo justo. El caso es que, tras mirar y remirar la segunda fotografía, me calcé los zapatos y salí hacia la primera agencia de viajes que encontré. Como no podía ser de otro modo, contraté un viaje de una semana para Torremolinos. Me decía continuamente que era todo para poder apreciar in situ los cambios que se habían producido; vamos una cuestión puramente antropológica.
Cuando desde el autobús vi el cartel donde rezaba "Bienvenido a Torremolinos" mi corazón se aceleró. Después de frenar en la puerta del hotel, apenas gasté el tiempo justo paras subir a mi habitación, sacar el traje de baño (un tanga por supuesto, que yo soy fiel seguidor de la máxima del "donde fueres haz lo que vieres"), echarme una toalla al hombro, el bote de la crema bronceadora, las chanclas, y salir pitando hacia la playa.
La cosa comenzó a escamarme un poco cuando en la recepción del hotel todo el mundo se me quedó mirando, aunque yo lo achaqué a que al ser esta la primera vez que utilizaba tanga, mi culo estaría todavía muy blanco y podía contrastar con los culos morenos que en breve serían compañeros del mío.
El hotel se encontraba a doscientos metros de la playa (tal y como ponía en el folleto que me dieron en la agencia), pero lo que nadie me había advertido era que, en esos doscientos metros, tenía que cruzar dos calles con sus semáforos correspondientes. Creo que fue en el segundo de los semáforos cuando comencé a ponerme un poco colorado. Le eché la culpa al sol, aunque ahora que lo pienso mejor algo debieron de influir las miradas de los transeúntes, junto con los comentarios de varios chavales que circulaban en motocicletas.
Por fin respiré aliviado cuando pise la arena de la playa. Busqué con la vista esperando encontrarme con los clones de las preciosidades de la fotografía. Miraba a un lado y a otro y lo que dominaba el paisaje eran enormes cantidades de carnes embutidas en biquinis y bañadores, que amenazaban con estallar bajo la presión de aquellos michelines. A lo lejos vislumbro un cuerpo de mujer que me daba la espalda ¡Estaba equipado solo con braga del biquini! A su lado otra, y un poco más allá otra más. Os prometo que poco faltó para que llorara de alegría allí mismo.
Corrí hacia ellas y, con el corazón latiendo como un loco, extendí mi toalla. Unos segundos después se gira hacia mí la primera y observo con estupor unos pechos minúsculos, diminutos, ínfimos; se gira la segunda y frente a mis ojos se desparraman dos tremendas bolsas de carne que descasaban a la altura del ombligo. Se gira la tercera y... no grité por vergüenza. Aquellas piernas tan bien torneadas, aquella espalda excitante y delicada, aquel pelo lleno de reflejos; todo, absolutamente todo era propiedad de un HOMBRE. Si, como os lo cuento, un hombre, sin un solo pelo en las piernas ni en los brazos. Con aquella coleta que le llegaba hasta la altura de los riñones, maravillosamente peinada y sujeta por un coletero azul y malva.
Creo que fue en ese preciso momento cuando perdí el conocimiento, solo sé que me recuperé en una ambulancia camino de una clínica y que oía la voz de un enfermero que decía "éste lo que se ha puesto es cardiaco con las tías buenas que hay en la playa". Mientras, ante mis ojos seguían pasando grandes rollos de carne bamboleante, enormes pechos que amenazaban con aplastarme y muslos torneados que terminaban en......... aghhhhh