Todavía recordaba la primera vez que tuvo constancia de estar vivo. Había sido colocado en una gran estantería, junto con otros muchos iguales a él. Sobre ellos, un gran cartel anunciaba el gran éxito de un hombre vestido con pantalones ajustados y con una gran guitarra en bandolera. Desde donde estaba situado, no podía ver el nombre de aquel cantante, pero eso no importaba. Porque, aunque aquel fuera el autor de aquella música, la música era suya, él era la música, o ¿acaso los discos están hechos de algo distinto a la música?
Nosotros somos un conglomerado de carne, huesos, tendones, músculos, y algo más que nos hace diferentes del resto de los seres compuestos de carne, huesos, tendones y músculos. A ese "algo más", unos le llaman alma, otros espíritu, pero, sea cual sea su nombre, es lo que nos hace diferentes. Igual que nosotros tenemos esa esencia, el disco tiene su música, que al fin y al cabo, es la que les hace ser algo especial, sentir, vibrar, percibir.
Aquel disco estaba compuesto por una bella música, una música que transportaba a todo el que lo escuchaba. Una música que te hacía soñar, te hacía sentirte vivo. Quien hubiera compuesto aquella música, no tenía importancia. Tampoco la tenía quien la tocara. Lo único realmente importante era que aquella música existía.
Él guardaba en su memoria a la primera persona que lo adquirió. Un hombre joven que le levantó de aquella estantería. Le giró una y otra vez, y finalmente se lo llevó a casa.
Cuando sintió por primera vez que le colocaban sobre el plato del tocadiscos, estaba nervioso ¿Sonaría bien? ¿Su música agradaría a quien la escuchara?. Aquel disco estaba lleno de dudas. Sintió como la aguja comenzaba a correr por sus surcos. De repente, sucedió. Las notas comenzaron a fluir una tras otra. Primero en una cadencia suave, y luego algo más rápida. La melodía iba invadiendo lentamente la estancia. En uno de sus giros observó al joven, le vio atento, concentrado, escuchando. Suavemente, al principio, comenzó a mover la cabeza al ritmo de la música. Luego cerró los ojos y se dejo llevar por aquel ritmo.
El disco se sentía feliz. Era lo máximo que se esperaba de él, que quien lo escuchara sintiera la música. Que durante los breves minutos que sonara la canción, quien la estuviera escuchando fuera capaz de dejarse llevar. Que su cerebro no sintiera nada distinto de la música.
Después de aquella experiencia se sucedieron otras. Una tras otra, todas las veces que volvía al plato, se repetía la magia.
Pensaba en aquella vez, cuando el joven apareció con una chica en casa. Era preciosa, tenía unos ojos con una mirada que atrapaba, una sonrisa cautivadora y también, porque no decirlo, unas curvas impresionantes.
Al principio incluso podría decirse que llegó a sentir ciertos celos de ella, y todo por una niñería. Cuando él dijo que pondría música, fue ella quien miró entre los discos. Se sintió frustrado cuando vio que no era el elegido. Ni siquiera perdió un instante en mirarle. Buscó entre el montón de discos y escogió uno. Una música rápida, incluso estridente, que hacía vibrar los altavoces. Él, desde su sitio sobre la mesa, observaba como bailaban, como hacían girar sus cuerpos al compás de aquel sonido. Por fin, cuando estuvieron cansados de bailar, el joven se acercó hasta donde estaba. Le sacó del estuche y le colocó sobre el plato.
Cuando la aguja comenzó a recorrer sus surcos, ella estaba bebiendo. Parecía que se iba a desentender de la música, pero cuando el sonido brotó por los altavoces, el vaso quedó suspendido en el aire. El joven, tomándola de la mano, se situó en el centro del salón, y comenzó a bailar con ella.
No llegó a ser consciente de cuando se besaron. Sí que podía observar como ella cerró los ojos y se dejó arrastrar por el sonido. Abrazados, besándose, pero siempre moviéndose al ritmo de su música. Incluso cuando acabó, ellos seguían sintiéndola, no hacía falta que sonara, ya estaba dentro de ellos.
Para el disco, aquella primera vez, fue una experiencia importante. Luego, con el tiempo, se dio cuenta que a esa chica le sucedió otra, y a esa otras más. Llegó a pensar que no era el joven quien las enamoraba. Era él, era su música la que lograba que aquellas jóvenes cayeran rendidas ante su dueño. Y esa sensación le hacía sentirse feliz.
El tiempo, inexorable, continuaba pasando. Un buen día notó que cada vez ocupaba un lugar más retrasado en la fila de discos. Que cada vez era menos requerido. Ya sólo visitaba el plato en contadas ocasiones. Hasta aquel momento en que pasó a ocupar el último lugar.
Las manos que buscaban entre los discos nunca terminaban de llegar hasta él. Los meses se sucedían sin que sonara su melodía. Finalmente, un día, el disco se durmió, cerró los ojos a todo y se durmió. En sus sueños, todavía seguía escuchando su melodía, todavía seguía viendo a aquellas chicas que cesaban de hablar cuando su música sonaba. Todavía seguía viéndolas bailar al son de sus notas. Caer rendidas ante el influjo de su melodía.
Aquello era con lo que soñaba el disco desde su último lugar de la estantería. Esperando, soñando y, sin saberlo, también muriendo, porque ¿Cómo puede seguir viva el alma de un disco cuando ya no se escuchan sus notas?