Peregrino de las estrellas

miércoles, 21 de junio de 2006

El águila veía a su presa cada vez más indefensa. Giraba la cabeza en pleno vuelo para mirarla a los ojos. Podía sentir como el miedo se iba transformando en terror. Casi desde donde se encontraba, podía escuchar los latidos enloquecidos del corazón del pequeño pájaro. Sus alas, que hasta ese momento, se habían movido armoniosas y acompasadas, se agitaban ahora con un ritmo alocado y descontrolado.
Se acerco todavía un poco más y mantuvo un vuelo paralelo con el mirlo. Incluso llegó a acercar su cabeza y empujo el pequeño cuerpo del pájaro.
- Algo tengo que hacer - pensaba el mirlo - tengo que conseguir que no me coma. Por favor, tengo que conseguirlo...
Y en ese momento, en ese preciso instante, sucedió. El pequeño pájaro,...


La cosa está que arde. En una lucha tan desproporcionada como esta, parece que finalmente el pequeño David ha encontrado la forma de enfrentarse a Goliat. ¿Qué habrá pensado el pobre animalito? Seguramente, su pequeño cerebro ha descubierto alguna posibilidad para cambiar su destino, o sencillamente, el terror le ha hecho ver una alternativa donde no la hay...

...aterrorizado por la cercanía del águila, gritó. Gritó como nunca antes había gritado. De su garganta brotó su miedo, su pena por terminar su vida devorado por un águila, su tristeza por no llegar jamás a su destino. Todos aquellos sentimientos, la ira, el miedo, y la frustración, salieron convertidos en el más bello canto que nunca nadie hubiera escuchado.
Los trinos de aquél pájaro golpearon al señor de los cielos en pleno vuelo. Le golpearon justo en el instante en que se disponía a clavar sus garras en aquella carne aterrorizada. Le golpearon de tal forma que frenó su ataque.
Lentamente, muy lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido en ese preciso segundo, el águila miró al pequeño pájaro. Este tenía los ojos fuertemente cerrados. El miedo le había impedido mirar a la muerte cara a cara. Dos lagrimas corrían por sus mejillas, y de su pico abierto, continuaba brotando la más bella y triste melodía que jamás se hubiera escuchado en aquellos cielos.


Bueno, bueno, menuda sorpresa. La cosa parece que no pinta del todo mal ¿verdad? Pobre águila, estaba preparado para cualquier cosa, suplicas, lamentos, incluso valentía, pero ¿un canto? Nunca imaginó que una presa, a punto de ser devorada, sacara fuerzas para cantar. Un canto, creo que eso incluso me descolocaría a mí...

El águila atrapó suavemente a la pequeña ave, y con delicadeza, casi con miedo a que pudiera romperse, comenzó a elevarse hacia las alturas. La llevaba hasta su gran nido, allá en lo alto de la montaña.
El pobre pájaro continuaba con los ojos cerrados. Temía que en cualquier momento aquellas garras, que sentía tan próximas a su corazón, apretarían y desgarrarían su carne. Sin embargo, algo en su interior le decía que debía seguir cantando. Una voz desde lo más profundo de su ser le hablaba y le instaba a que continuará cantando, ya que mientras que aquella melodía siguiera brotando de su garganta, él continuaría con vida.
Una vez que el águila llegó a su nido, depositó al pequeño cantor en su interior. Cerró los ojos y dejó que aquellas notas invadieran sus sentidos. Gracias a aquella música, él notaba que aquellos sentimientos que en ciertas ocasiones le habían invadido, salían al exterior y tomaban forma. La tristeza que transmitía el pájaro por no haber podido terminar su viaje, era la misma tristeza que le invadía a él cuando volaba sólo en aquellas alturas.
En su cabeza se formaban imágenes de otro nido, lejos, allá en el bosque. Un nido donde unos pequeños polluelos esperaban el regreso de su padre. Un nido, donde una hembra de mirlo, miraba desesperada hacia el cielo en espera de su pareja.
Pero no sólo había tristeza en aquella canción, también había miedo. Miedo a morir, miedo por lo que le sucedería a su lejana familia allá en el bosque si él no volvía, miedo a no entender que extraño motivo había detenido las garras del poderoso águila a la hora de acabar con su vida. Y aquel miedo, era similar al que la gran ave había experimentado alguna vez cuando volaba sólo y temía no encontrar ningún igual con el que compartir aquella soledad.


Hay que reconocer que la situación es de lo más peculiar, victima y verdugo unidos en el supremo momento de la muerte. Todo lo que en principio debería haber sido sencillo, se complica por una simple canción ¿será verdad aquello de que la música amansa a las fieras?
En mi opinión, lo mejor va a ser que continuemos con la narración y descubramos juntos la cantidad de posibilidades que se han abierto en este momento...

continuará...

COMENTARIOS

jueves, 22 de junio de 2006

Por Scheherazade @ 15:04


Ummm...pobrecito mirlo, espero que el aguila no se tape los oídos

jueves, 22 de junio de 2006

Por fedello @ 15:06


Lo siento mirlito el aguila era sorda.

miércoles, 13 de septiembre de 2006

Por Invitado @ 1:31


EXCELENTE EL CUENTO, MUY BIEN RELATADO, ESPERO VER PRONTO EL FINAL.