Hace unos días, a la hora de comer, tanto Rufo como yo nos planteamos la necesidad de aprender a cocinar. Ya iba siendo hora de abandonar la dieta de los congelados e integrarnos en un régimen alimenticio equilibrado.
El primer paso fue dirigirnos hasta una librería especializada, y buscar libros con recetas de cocina para los que somos especialmente torpes. Clásicos, como Simoné Ortega, junto al bueno de Argiñano, pasaron a formar parte de nuestra compra. Tampoco olvidamos esos manuales para solteros, separados, y gentes de dedos morcillunos a la hora de guisotear algo medianamente comestible.
La verdad es que salimos contentos de la librería. Nos habíamos pulido 135 eurazos, pero éramos los poseedores de los grandes secretos culinarios.
Cuando llegamos a casa, y después de una visita rápida al Carrefour, con el único fin de proveernos de los materiales necesarios, corrimos hacia la cocina.
¡Con que alegría desenvolvimos los paquetes! Cuando terminamos ¡Que gusto daba ver esa nevera llena! Por fin había llegado el momento de hacer nuestra primera inmersión en el mundo de la restauración.
Evidentemente comenzó una discusión por saber quien haría de chef y quien sería el pinche. Rufo exigía ocupar la jefatura en la cocina, escudándose en su habilidad innata para dar órdenes. Como es natural, yo reclamaba el mismo puesto, por ser el único miembro de la especie dominante.
La bronca se iba alargando eternamente y no había forma de llegar a ningún acuerdo. Cuando comenzó a peligrar nuestra propia integridad física, Rufo miraba con malos ojos hacía un cucharón de madera, y yo hacia una sartén que todavía tenía la etiqueta del Carrefour, escuchamos en la radio que, muy cerca de casa, se iba a dar un curso de cocina, acreditándose con un título a todos aquellos que lograran superarlos.
¡Habíamos encontrado la solución! Nos apuntaríamos al curso y, quien sacara las mejores notas, se convertiría en jefe de nuestra cocina.
Después de discutir con la persona que recogía las inscripciones (no veía normal que un loro se apuntara a un curso de cocina) logramos acceder al curso. Lo que sucedió, casi mejor os lo transcribo literalmente, ya que Rufo, en un intento de tomar buena nota de todo lo que nos explicaran, se llevó una grabadora a clase:
"Buenos días a todo el mundo, y bienvenidos a este curso de cocina. Vamos a comenzar acercándonos a la ciencia de la restauración, mediante un plato muy sencillo: comenzaremos aprendiendo a freír un huevo."
Aquí me gustaría hacer un inciso. Imaginaros por un momento la cara del profesor. Todos los alumnos teníamos una pinta de no haber visto una cocina de cerca en nuestra vida, que desmoralizaría al santo Job. Por si eso fuera poco, uno de los alumnos, o sea yo, tenía un loro sobre su hombro. Aquel pobre hombre nos miraba como si estuviera dando clases en un manicomio. Yo creo que todos sus comentarios sarcásticos venían motivados por nuestro aspecto y, porque no decirlo, por nuestra cara de alelados, Pero bueno, lo mejor es que continúe transcribiendo, y juzguéis vosotros mismos.
"En primer lugar vamos a detallar los materiales necesarios, pero antes una recomendación. Debéis ser ordenados y tener siempre la encimera limpia. Ah, otra cosa, por favor desconectar los móviles y centraros en lo que vamos a realizar. ¿Ya estáis preparados? Bien, pues adelante.
Nuestro primer elemento será un huevo... ¿Cómo es posible que algunos de vosotros no sepáis lo que es un huevo?. A ver, esto va para aquellos dos ejecutivos del fondo. Primero, quitaros las chaquetas y poneros el delantal.. Sí, es obligatorio guisar con delantal. Bien, muy bien, y ahora, un huevo es aquello que normalmente ponen las gallinas... Perdón, también los loros se reproducen por huevos. Sí, y todas las aves, y los reptiles, y los peces... ¡Vale ya! El huevo es eso blanco y redondo que tenéis a vuestra derecha ¿Lo tenéis todos en la mano?... Por favor, el señor del bigote. No pasa nada, se ha roto, ha sido un accidente, coja otro... ¡Pero no lo apriete con tanta fuerza...! ... Sí, puede coger otro más. Continuamos.
Ahora vamos a fijarnos en el instrumento que tenemos a la izquierda. Eso es una sartén. Como podéis ver, cerca de ella está la botella del aceite. Bien, pues vamos a echar un poco de aceite en la sartén... Por favor, el señor del bigote, podía haber dejado el huevo nuevamente en la encimera. No se preocupe, puede coger otro más.
Bueno, pues como decía, ahora pongan aceite en la sartén. ¿Cuánto? Pues una buena cantidad... No, no hay que llenar la sartén de aceite... Pues un par de dedos. Ese del fondo, sí tú, el que ha metido dos dedos en la sartén, que mejor a ti otro día te explico como hacer zumo de naranja. Venga tú ya puedes salir al recreo.
¿Por dónde íbamos? Ah si, tenemos el aceite en la sartén, el huevo en una mano... Sí, ahora tiene que tener el huevo en la mano. Por favor, el graciosillo que deje de tocarse los genitales, que el chiste está muy visto. Venga que no vamos a acabar nunca, el huevo en una mano, la sal cerca. ¿Y qué nos falta? Muy bien la jovencita de la derecha, exactamente encender la cocina.
Ponemos la sartén a calentar y esperamos; no, no hace falta sentarse... sí, sí ya imagino que las piernas a estas horas están cargadas, pero digo yo que podréis esperar un poco. De verdad me estáis atacando los nervios.
¿Ya está echando humo el aceite? Vale, pues eso quiere decir que está caliente... a ver, el gilipollas que ha metido el dedo para comprobarlo, la enfermería esta saliendo la segunda puerta de la derecha.
Ya vamos quedando menos, venga concentración, respirad. Ahora cascamos el huevo... ¡Sobre la sartén joderrrrrrr! Dios mío ¿Qué he hecho yo?. A ver lo que lo han cascado en la encimera que cojan otro huevo... ¡Agggghhhh! Si, los que han echado la cáscara y todo en la sartén que con cuidado la quiten y cojan otro huevo... ¿Quién puede acompañar a ese a la enfermería?.
Bueno, para todos los que han logrado que el huevo caiga en la sartén podéis ir poniendo un poco de sal encima. Tú y tú, los que han volcado el salero entero sobre el huevo, que se apunten a la clase del zumo de naranja.
Seguimos, con la espumadera ir echando con cuidado aceite sobre el huevo hasta que veáis que la clara va quedando bien frita... Los dos ejecutivos, no se preocupen, las manchas de aceite salen al lavar la ropa... No, aquí no damos clases para usar electrodomésticos... Pues pongan la demanda que les salga de los huevos..."
En ese momento fue cuando se interrumpió la clase, los ejecutivos gritando que iban a dejar al profesor totalmente arruinado, el profesor amenazando con golpear a los ejecutivos con la sartén. La mitad de los huevos, absolutamente achicharrados, y la otra mitad sin hacer, sus propietarios todavía estaban buscando el botón para encender la cocina.
Cuando salimos a la calle, Rufo me miró y me dijo
- Que te parece si vamos a comer al restaurante del Mariano, creo que hoy hay paella...