- Oye Rufo. Tú te has preguntado alguna vez eso de ¿Quién soy? ¿De donde venimos? ¿Por qué estamos aquí?
Así comenzamos nuestra conversación Rufo y yo el otro día. La verdad es que estoy convencido que en un primer momento le dejé descolocado. Luego, puso esa cara de cachondeo que pone siempre que me ve como un ser inferior, y me soltó:
- A ti te pasa algo. Déjame el teléfono que llamo a Julián para que no vuelva a ponerte una copa con el café del desayuno. Si es que beber en ayunas es muy malo...
- En serio Rufo, que no estoy de broma ¿A ti nunca te ha dado por preguntarte esas cosas?
Después de mirarme un buen rato, y cuando se convenció de la absoluta seriedad de mi pregunta. Voló hasta el mostrador. Una vez allí, rebuscó bajo el mismo (no creo que os haya comentado que es allí donde Rufo guarda sus libros más preciados) y extrajo un grueso volumen.
- Mira, estos son los escritos de los filósofos presocráticos. Yo creo que deberías de empezar por aquí.
- ¡Leches Rufo! Que no necesito un curso de filosofía intensiva. No me negarás que alguna vez te has hecho esas preguntas.
- Esas preguntas se las lleva haciendo la gente de tu especie desde que comenzaron a ponerse a dos patas. Y todavía hoy no ha encontrado la respuesta ¿Qué te hace suponer que el resto de las especies perdamos el tiempo en chorradas de ese calibre?
- Mira, en eso tienes razón. Lo que diferencia a los humanos del resto de los animales es nuestra capacidad para hacernos preguntas. Y mucho más la búsqueda de las respuestas. Por eso vosotros estáis por debajo nuestro en la escala evolutiva.
Reconozco que no pude reprimir mi sonrisa de suficiencia. Creo que era una de esas escasas ocasiones en las dialécticamente había arrinconado a Rufo.
- Y si eres tan superior ¿Qué se supone que haces comentando esto con una especie inferior? Además deduzco por la forma en que me lo has preguntado que quieres algún tipo de respuesta ¿Me equivoco?
- Vale, te pido disculpas – no sé muy bien como me las apaño, pero normalmente, siempre que creo que he ganado una discusión, el puñetero loro hace que me termine disculpando por algo que nunca llego a tener claro del todo – Pero hay que reconocer que la pregunta tiene su miga.
- Quienes sois, de donde venís, y que leches se supone que pintáis aquí, la verdad es que no lo tengo del todo claro. Sois la especie que más hace la puñeta al planeta, y lo cierto es que la única respuesta clara es, que como no pongáis los medios, ir, lo que se dice ir, vais a ir a la mierda. Pero, lamentablemente, no sólo vosotros, vais a terminar jodiendo todo el puñetero planeta.
- En serio Rufo, que yo te pregunto a un nivel mucho más profundo...
- Y es que no te satisfacen las múltiples respuestas de índole religiosa que se ha inventado tu especie. Tienes un enorme repertorio donde elegir.
- Ya sabes que no. No soy precisamente un hombre religioso. Eso queda para las viejas beatas...
- Mira, a propósito de ese comentario. E incluso igual te ayuda a encontrar respuestas a esas preguntas. Te voy a contar lo que vi el otro día. Sabes que a veces, cuando hago ejercicio, suelo revolotear hasta la azotea del octavo...
- Rufo, tú vas hasta allí sólo por la cotorra que tienen las señoras de esa casa.
- Bueno, por lo que sea. Aunque te diré que la cotorra está...
- Venga, céntrate. Sigue con lo que me ibas a contar.
- Bien, pues andaba yo haciendo allí mis ejercicios, cuando salió a la terraza la mayor de las señoras. Tiene 93 años, y la hija 68. Todo esto lo sé por algunas conversaciones que hemos tenido, que a la señora le gusta mucho charlar conmigo. El caso es que la pregunte yo. “Y usted señora ¿Es viuda desde hace mucho?”. 25 años, me contestó la señora. “Sabes que yo antes siempre decía que Dios se había olvidado de mi. Eso, hasta que pensé en lo que siempre dijo mi marido. Mi marido se dedicaba al campo, es que nosotros somos de un pueblo de Ciudad Real. Y en la época de la siega siempre estaba fuera de casa. Eran tiempos muy duros. Iba de un pueblo a otro ganándose el jornal. Lo que era muy gracioso es que mi marido, continuamente nos escribía cartas, siempre, llegaba a un pueblo y nos enviaba una carta, se trasladaba hasta el pueblo siguiente y nos enviaba otra carta, así continuamente. Tengo en la cómoda una colección de cartas de mi marido... A lo que iba, pues mi marido siempre decía. Cuando me muera, si hay algo al otro lado, os escribiré una carta contándolo. Pero si no os escribo, eso es porque no hay nada. Bueno, pues hace ya 25 años y todavía no ha escrito. Me parece a mi que esto del cielo y esas cosas, no son más que un invento.
Cuando terminó de hablar, me le quedé mirando sin saber muy bien que había querido decirme. La cuestión es que terminé asintiendo con la cabeza y me puse a colocar una caja de juntas que me había llegado. Rufo no hizo un solo comentario, aunque estoy convencido que de vez en cuando miraba hacia donde yo estaba, y le aparecía un brillo de cachondeo en los ojos.