Peregrino de las estrellas

martes, 30 de mayo de 2006

Es difícil comenzar un blog. Esta es la primera vez que me enfrento a una cuestión como esta y he de reconocer que no es nada sencillo. Cuando se lo cuentas a las personas de tu entorno todas dan su opinión. Unas quieren que hables de sexo, alegan que es un tema que siempre atrae a los lectores, otras te aconsejan que hables con un lenguaje soez, con la excusa de que eso gustará. Pero nadie te dice que escribas sencillamente lo que te apetezca.
Después de escribir y borrar numerosas veces me he dejado llevar por el consejo de un buen amigo: mi amigo Rufo. Rufo, cuando le pedí su opinión, sencillamente me dijo "tio, escribe mi vida", y a ello me he puesto.


"Hola, mi nombre es Rufo, y esta es mi vida..."
Así comienza el futuro éxito editorial: "Autobiografía de Rufo". Supongo que os preguntaréis ¿quién es Rufo? Bueno, pues Rufo es mí... ¿amigo? ¿compañero? ¿consejero espiritual? ¿el causante de todos mis males? Realmente es difícil definir a un personaje como Rufo, aunque creo que según vayamos avanzando en la lectura, podremos aproximarnos a algo parecido a una definición. Evidentemente sí os habéis preguntado quién es Rufo, cabe la posibilidad de que os preguntéis quién soy yo, y qué papel juego en este relato.
Mi nombre es... El caso es que mi nombre no es relevante para esta historia. Mi función se limita a ejercer como taquígrafo de la narración, aunque, y como justificación de los posibles errores tipográficos que puedan aparecer en la misma, es conveniente señalar que mi auténtica profesión es la de fontanero. Sí, fontanero, ¡no es un oficio tan raro!. Si me permitís un inciso, me gustaría contaros algo. Todavía recuerdo aquella ocasión en la que Rufo me preguntó muy digno "Oye, y tú ¿por qué eres fontanero?"
Aquel era uno de aquellos extraños días en los que no tenía trabajo y, tanto Rufo como yo, estábamos aburridos. Andaba yo dándole vueltas a la cabeza para saber si iniciábamos una conversación sobre literatura clásica, sobre política internacional o bien sobre alta gestión financiera, cuando Rufo, mirándome de forma extraña me preguntó. "Oye, y tú ¿por qué te hiciste fontanero?" La pregunta de marras tenía su miga, especialmente porque en alguna que otra ocasión (cuando estoy en plena faena de desatranco de cualquier baño), yo mismo me he cuestionado si no me hubiera ido mejor habiendo estudiado derecho o arquitectura.
Después de hecha la pregunta, el puñetero Rufo me miraba con una cara que decía claramente "a ver que leches me contesta este". Tras un momento de reflexión, llegué a la conclusión de que yo me había hecho fontanero por una cuestión meramente estética. Sí, he dicho estética no pongáis esa cara.
Para que me entendáis debemos retroceder un poco en el tiempo. Andaba yo más o menos por los nueve años, esa edad en la que los críos todavía no han definido sus aficiones (aunque sin que salga de aquí, os diré que algunos no logran definirlas nunca), cuando en la cocina de mi casa reventó la tubería del agua caliente.
Todavía me acuerdo como si fuera hoy mismo de la forma en que brotaba el chorro entre los azulejos. Lo que se había iniciado como un sencillo goteo, fue trasformándose en una cascada que iba empapando todo lo que pillaba a su paso. Mientras eso ocurría, mi madre se introducía bajo la pila en busca de la llave de paso. Allí estaba ella, arrodillada en el suelo buscando la maldita llave, mientras que la mancha de agua continuaba creciendo. Yo veía crecer aquella laguna y pensaba que sería muy divertido que aquella piscina permaneciera allí para siempre.
En ese momento hizo su entrada mi padre. De un simple vistazo se hizo dueño de la situación, mientras decía "Rosa, corta la llave de paso, no la busco yo, por no mojarme las zapatillas, que luego te quejas si te mancho el suelo del salón". Mi madre le miró fijamente y sólo dijo "Dios mío ¿por qué no me habré casado con un fontanero?".
El caso es que, un par de horas después, apareció el fontanero. Era la primera vez que yo veía a un ejemplar de ese oficio. La imagen del tipo en cuestión cumplía todos los estereotipos del chuleta. Cigarrillo colgando de la comisura de los labios, mono azul y una enorme cartera de cuero colgada en bandolera. El personaje entra en la cocina, y cuando ve el desaguisado, una sonrisa de oreja a oreja iluminó su cara. A continuación, y con una parsimonia increíble, saca de su cartera una colección de herramientas que extiende por el suelo de la cocina. Después de observarlas un buen rato, elige un mazo de hierro y, en dos golpes secos, pulveriza varios azulejos.
No me lo podía creer. Aquellos azulejos eran los mismos en los que cada vez que yo intentaba pegar una calcomanía, mi madre ponía el grito en el cielo. Eran los mismo azulejos, y aquel tipo los había reventado de un par de golpes.
Aquel hombre continuó agrandando el agujero hasta que descubrió la tubería. Mueve la cabeza de un lado a otro. Saca una sierra y rápidamente corta la tubería. Con movimientos decididos sustituye el trozo viejo por uno nuevo, lo suelda, y con aire satisfecho, comienza a recoger sus cosas. En aquel momento, estaba convencido que mi madre le iba a pegar cuatro gritos. Primero por haber roto los azulejos, después por haber agrandado el boquete, y en tercer lugar por dejar todos los escombros allí tirados. Para que la cosa fuera más grave, aquel individuo iba dejando todas sus huellas en el suelo de la cocina.
Increíblemente, mi buena mamá, no sólo no soltó ningún improperio, si no que puso una cara de felicidad increíble. No paraba de darle las gracias por lo rápido que había sido. Yo pensé que lo mismo era el pedazo de mazo que había sacado lo que había acobardado a mi madre. Por eso, cuando vi que el mazo en cuestión ya estaba dentro de la cartera, me envalentoné y, plantándome delante de aquel tío, le solté muy digno: "¡oye! ¿Te crees que puedes venir a mi casa y romper los azulejos de mi madre? Ahora mismo lo estás recogiendo todo". Allí estaba yo, defendiendo el honor familiar delante del tipo que había engorrinado toda nuestra cocina.
Para mi asombro mi madre reaccionó soltándome una colleja mientras decía: "¡Pero niño! Hay que fastidiarse con el crío, venga, vete de aquí y deja de molestar a este señor" Aquello no tenía sentido. Mi madre, no sólo no se había mostrado orgullosa de mí, si no que encima me echaba una bronca por defenderla. Colorado como un tomate, salí de la cocina y me marché al portal a buscar a mis amigos para contarles la injusticia tan tremenda que se había cometido conmigo.
Cuando el fontanero bajó a la calle, se acercó hasta mí. Mientras sacaba un cigarrillo me dijo "Chaval, a los fontaneros se nos debe un respeto. ¿No te das cuenta que somos el oficio más importante del mundo?" Ante mi mirada incrédula continuó "Mira chico, si un chorro de agua saliendo a borbotones de una pared fuera estético, nadie nos llamaría ¿no crees?" Aquella palabreja estuvo dándome vueltas todo el día, eso, y que tenía que ser una gozada poder dar cuatro martillazos a una pared sin que nadie te eche una bronca.
Esta historia que os he contado no fue lo que le respondía a Rufo, ¡hasta ahí podíamos llegar! Simplemente me limité a decir "Oye, pues por vocación, ¿Qué te crees tú?"
Pero lo mejor es que continuemos con la historia de la vida de Rufo, si no recuerdo mal la cosa iba más o menos así:
"Hola, mi nombre es Rufo, y esta es mi vida..."
- ¡Leches Rufo! Mira que eres rotundo para todo. Estaba convencido de que ibas a comenzar con un "Hola, me llamo Rufo y soy un alcohólico".
- Pues no señor. En primer lugar porque no soy alcohólico, y en segundo lugar, porque esta es la historia de mi vida y la comienzo como a mí me da la gana. ¿Estamos? Y ahora, o copias según te voy dictando o me busco otra persona para que me ayude.
- Vale, vale. Pero que conste que me sigue pareciendo una forma muy rimbombante de comenzar una autobiografía...
"Hola, mi nombre es Rufo, y esta es mi vida. Nací, hace ahora 17 años, en lo más profundo de la selva amazónica..."
- Mira Rufo, si vas a estar echando teatro al asunto me lo dices. Que yo sé de buena tinta que tú naciste aquí, en Madrid. Hace falta ser un fantasma integral para decir que has nacido en plena selva brasileña. ¡Que más quisieras tú!.
- ¡Que atrevida es la ignorancia! Has de saber que el concepto de nacimiento siempre es subjetivo. Estarás de acuerdo conmigo en que dependiendo de la filosofía religiosa que uno tenga, puede considerarse ser consciente, y por lo tal ser "nacido a la vida", en el mismo momento de la concepción. Pues siguiendo este criterio mi gestación debió de realizarse en la selva amazónica, ya que era allí donde vivía mi madre cuando fue secuestrada, y traída a la fuerza hasta Europa.
- Lo que me faltaba por oír. Un ateo practicante como tú justificando su origen en función de las teorías católicas antiabortistas. Y todo sencillamente para adornar una biografía...
- ¿Nos centramos en lo que estamos o nos perdemos en discusiones filosóficas? Ya sabes que por preparación intelectual y por capacidad oratoria soy bastante superior a ti.
- Eres insoportable cuando te pones así. Venga continúa, pero te advierto, no creo que a nadie le interese tu vida.
"...Nací, hace ahora 17 años, en lo más profundo de la selva amazónica, aunque unas circunstancias especiales provocaron que rápidamente fuera arrancado de ese entorno maravilloso. Apenas recuerdo nada de mi viaje. Mi madre y yo mismo fuimos introducidos en un viejo avión desvencijado que nos llevó hasta las proximidades de Sao Paulo. Hacinados junto a otros muchos cautivos, se nos despojó de nuestros derechos más básicos para, sin tomar en consideración nuestro bienestar, ser trasladados hasta Europa.
Imagínate el viaje, casi sin agua ni comida, rodeados por nuestros propios excrementos. Muchos de nuestros compañeros de infortunio perecieron en el traslado. Nuestros guardianes nos trataban sin respeto, como si fuéramos animales. Mi madre, una auténtica Ara Macao tenía que compartir su prisión junto a otras razas..."

- ¡Espera! Espera un segundo, creo que estás perdiendo la perspectiva, ya decía yo que no debías haber leído la novela "Raíces". ¡Os trataban como animales, por que sois animales!
- ¿Qué? ¡Yo soy un Ara Macao! Descendiente de una larga estirpe de nobles Ara Macaos, que siempre fueron fieles consejeros de los emperadores incas. ¿Cómo te atreves a considerar a mi raza como simples animales?
- Tranquilo Rufo, no te enfades. Si mis conocimientos históricos no están muy oxidados, los incas nunca tomaron posesión de la selva amazónica. Y lo más que hacían era coger a tus antepasados y cazarlos para desplumarlos. Porque, mi querido Rufo, tú dirás lo que quieras, pero, en el fondo no eres más que un loro.
- ¿Un loro? ¿Te atreves a considerarme como un simple y vulgar loro?
- A ver, ¿cómo llamarías tú a un bicho, con plumas de colores, con pico ganchudo, con patas garrudas y que cuando era pequeño decía "lorito reaaaaal, lorito reaaaaal?". Eso sin olvidar su adicción a las pipas. Reconozco que tienes peculiaridades que te hacen especial. Tu afición a la lectura de libros y periódicos, ese vicio insano por mirar las piernas de las hembras de mi especie, sin olvidar tu capacidad para complicarme la vida continuamente.
- Pues mira, siguiendo los puntos que has señalado te diré que, mis plumas de colores, mi pico ganchudo, aunque yo prefiero denominarle "con personalidad", y mis patas, que más que garrudas su adjetivación correcta sería la de "funcionales", conforman un cuerpo perfecto, motivo de elogio y atracción para cualquier tipo de hembra, independientemente de la especie a la que pertenezca. Por otra parte, la frase escogida para iniciar mi aprendizaje en la comunicación oral, me parece mucho más coherente que los "pa-pa pa-pa pa-pa" o "ma-ma ma-ma ma-ma" que usan vuestras crías en sus primeros balbuceos. Eso sin olvidarnos de la gracia que les hace a los adultos de tu especie cuando el cachorro en cuestión suelta la palabrita "caca". Menudo problema tenéis vosotros con todo lo referente a la escatología. También he de decirte que, cuando un ignorante de tu calaña usa el término "loro", no es consciente de estar refiriéndose a una variedad enorme de aves pertenecientes a la especie de los psitácidos, y que utilizar un vocablo tan simple como "loro" equivaldría a que yo te llamara a ti "mamífero bípedo bebedor de cerveza". Sin embargo, en lo referente a complicarte la vida, tienes que reconocer que siempre te he sido de gran ayuda.

(continuará)

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